OBRAS COMPLETAS

Novelas y relatos

Fetasa 1957

Novelas

de Isaac de Vega

| fragmentos |

Relatos

de Isaac de Vega

| fragmentos |

Novelas

de Isaac de Vega

| fragmentos |

FETASA | Santa Cruz de Tenerife, Ediciones Goya, 1957
  • 2ª edición: Las Palmas de Gran Canaria, Inventarios Provisionales, 1973.
  • 3ª edición: Santa Cruz de Tenerife, Interinsular Canaria, 1984.

Capítulo primero

        Tiene el cuerpo cansado y dolorido. Le duelen los hombros. Y las manos apoyadas en el suelo. No obstante, sigue en su aire de sorprendido estupor. La imposibilidad de comprender lógicamente sus últimos pasos han llenado su alma de miedo y de frío su cuerpo. Se siente inerme ante fenómenos extraños, abandonado a fuerzas caprichosas, pero terribles y hostiles. De la masa de las sombras pueden concretarse figuras malignas nacidas no se sabe cómo, pero que querrán martirizarlo y hundirlo en la desesperación. Y no solo de la noche. También surgen de los luminosos rayos del sol. Todo es fuerte, grandioso. Únicamente él está desvalido, juego arbitrario de una Naturaleza desconcertante. El universo cambió su faz en unos solos instantes.

Capítulo IV

        Camina, hombrecillo. ¿No ves algo grandioso que está fuera de ti y que te mueve y guía tus torpes pisadas? Te tiene asido de los hombros y va sosteniendo la marcha de tu corazón, que se quiere detener. Late por ti en tus exhaustas venas y finge un reguerillo de sangre que mueve tus piernas como el pesado péndulo de un reloj. Camina, sigue caminando. Tu marcha es como la marcha toda del hombre sobre la tierra, esa marcha también inacabable que se pierde en esa remota aurora y que no se sabe cuándo acabará. Va por las tinieblas sin fin, por los túneles luminiscentes y negros, sobre el suelo blando de las plantas, o sobre el hiriente de los agudos guijarros. Siempre conducido, preso por el túnel sin poder retroceder.

ANTES DE AMANECER| Santa Cruz de Tenerife, Ediciones Gaceta Semanal de las Artes, 1965.

 

Capítulo I

     Suspende el trabajo. Se encuentra cansado, más bien triste. Ya es de noche. A la luz de las lámparas adquiere un brillo peculiar la morena piel de la mujer, ese tostado que tanto le atrajo anteriormente y ahora le domina con una curiosa sensación  en que se mezclan su carne y su espíritu. Mientras ella prosigue su labor, él la contempla con ese dolor mordiéndole, con esa infinita melancolía sexual que destruye su actividad y la hace inoperante para comprender y trabajar por esos símbolos que le rodean. Tiene el liso cabello peinado hacia atrás, recogido en un alto moño. El desnudo cuello posee la gentileza y el aplomo de la aristocracia física, la preponderancia de la carne sobre cualquier otra manifestación humana.

Capítulo VIII

    El viento va apartando la vieja calina. El horizonte nocturno se hace más amplio, más vivo, más enérgico. La brisa aclara la atmósfera y semeja que va puliendo las estrellas. Su brillo es cada vez más intenso, más de brillantes prendidos en el fondo azul.

    Las estrellas brillan cada vez más fuertemente. Parecen arder con una tenue luz blanca, haciendo guiños. Dentro de una hora empezará a amanecer.

PARHELIOS | Madrid, Taller de Ediciones JB, 1977.
  • 2ª edición, Santa Cruz de Tenerife, Editorial Benchomo, 2000

Capítulo I

Sería casualidad que alguien, fuera de cierto círculo, conociera los extraños cuadros de Manero. Uno me impresiona: dos espantapájaros crucificados en unos palos. Los brazos en alto como en los fusilamientos de Goya, el cuerpo y la ficticia cara en trance de disolverse. Una apariencia de carne, fibrosa cera inmunda y agoniosa, en intento desesperado e inútil de mantener su forma; se estira, se descompone… Y por detrás de ellos unos campos de rastrojos pardos y sobre negro horizonte unas franjas rojizas y amarillas. Manchones confusos figuran un cielo que nunca ha existido. La angustiosa factura pone en sus caras una sonrisa de muñecos de trapo, sonrisa de ruina, mueca de momia embalsamada hace cuarenta siglos. Y se siente que no hay pájaros que espantar, ni ninguna otra ave, ni ninguna clase de vida. Los rastrojos no son de trigos ni de hierbas: manchas, pinceladas que ocultan y se disfrazan. Cuando por la tarde, bajo cierta luz, el cuadro se enciende y se llena de atmósfera y de calor, se acentúa la impresión de un mundo desierto, anhelante de que, por lo menos, un perro atraviese su paisaje y que respire de su aire.

El pintor, Manero Gil, hace veinte años que no trabaja. Fue afirmación de juventud. Hoy es un hombre hosco y reseco a quien casualmente conocí y que, con indiferencia casi desdeñosa, me lo regaló.

La soledad de ese cuadro, en mi a veces quebrado pensamiento, es la creación de otro mundo, otro planeta Tierra que no es el nuestro. Soñar en huir hacia dentro del cuadro, como en otros realizaron otros hombres, caminar por su campo nuevo donde no hay animal ni persona y sí sólo su magnética vegetación; caminar hacia el oscuro horizonte, una laguna oculta por plantas pantanosas, llegar más atrás y perderme más lejos de lo que el espectador puede desde fuera contemplar. Y una vez traspasado este cuadro, este plano primero, está uno seguro de que, aunque no aparezcan hombres, sí habrá muchos pequeños animalillos y que los lagos y los arroyos tendrán sus aves y sus lentos peces multiformes. Podrás sentarte a sus orillas y dejar que las horas pasen mientras el viento mueve las hierbas y lo alto de los árboles. O echarte de espaldas a tierra y ver cómo pasan las nubes, cómo brillan las estrellas. Ser, en ese planeta, como el único centro del Universo, en que los días se sucederán apacibles e infinitos. Nadie podrá intentar aconsejarte, porque no hay nadie. Ni el político vociferará lloroso y mandón: «¡Nuestros niños abandonados, nuestros niños tristes! Hay que llevar alegría a sus corazones, juguetes a sus manos. Darles libros. Hacerlos verdaderos hombres. Si no nos esforzamos en ello, en el día de mañana, ¿qué clase de cadáveres vamos a sepultar en nuestros cementerios?». Pero estas ideas se me ocurren cuando estoy así, como ahora, mordido por la inseguridad de una conjetural injusticia. Cuando las leyes las hacen esta y otra variada gente, y la hacen cumplir sobre tu corazón. Supongo que ellos tendrán una grande y honesta satisfacción.

Estamos aquí, ahora, precisamente en pretendido olvido de esos caóticos rencores. El Tirano ha dicho: «Venid, hijos míos. Arreglemos las diferencias. Colaboremos todos juntos para un fraterno futuro»… Oblígate tú también, pobre diablo, deja tus paisajes de espantapájaros, de bosquecillos serenos, de tranquilos arroyos. Busca otra compensación a la mediocridad de tu vida. No te engañes con esa farsa de vivir peligrosamente, de ser motor de importantes acontecimientos… Ya te compensan. Debes envanecerte de estar con éstos. Te convocan con los grandes… Vamos a esa fiesta de la reconciliación, a la gran concentración de la Unión de las Ideas, y demás literatura. Están convocados los hombres importantes del país y también los hombrecillos que pueden llegar a serlo. Es preciso honrar a los futuros Nobel, que cualquiera sabe.

Este paisaje, el de fuera, es diferente, pero es el de todos. Lo vamos atravesando, traqueteados por nuestros coches. Avanzábamos por la deshecha carretera, sin firme alguno, hundidas las ruedas en los profundos surcos laterales. Cruza campos de matorrales y llanos desérticos. A ambos lados, el paisaje se diluye e incapacita para retener la atención. 

Conseguimos apoderarnos de un viejo automóvil descubierto: nosotros dos, yo y Samuel. Y otros cuatro más, gente de arte y de letras que de tanto verla conocíamos. Seguían y precedían otros coches cargados de personas de su categoría. Y tipos de la industria y del comercio. Que ya se sabe que son razas inferiores. Todo lo que produjera la intelectualidad de los últimos años.

Una confiada mezcla de lo regular y lo mediano. […] 

PULSATILA | Madrid, Editorial Fundamentos, 1988

 

       …Fue una tarde apagada, según es costumbre en esta época, cuando afronté la gran puerta. Está entrecerrada. El zaguán me introduce en su penumbra sobre su viejo pavimento de losas chasneras. Es amplio; de sus muros se desprende despego y desconocimiento. Acaso mi madre tuvo razón en abandonar, en ·sacudirse esto como  un indeseable pingajo un tanto tenebroso. En el piso.bajo se distribuyen la cocina, el gran comedor, la salida a la huerta trasera, y otras piezas nunca o poco usadas. Están llenas de humedad y sombras, lo estuvieron siempre. Sin intentar visitarlas subo a la planta superior por una desvencijada escalera, que aparece como reparada con tablas de viejos cajones. La han pintado recientemente de colores verde y rojo, unos colores chillones e ínfimos; tal es la inseguridad de esa subida que peligra uno caer hacia la derecha por falta de un trozo de baranda. Sobre mi cabeza, mientras asciendo, el techo de madera oscura sin pintar y, más  adelante, paredes y madera de ese tono oscuro feo de un canelo grisáceo que pareció agradar a esas gentes, y que si antes llevó seriedad ahora trae una espera deprimente y tal vez maligna.

            Camino a lo largo de una galería encristalada a un paisaje de tejados cubiertos de bejeques. Ventanas remendadas con maderas sustituyen a los cristales y, en algún patio, un pino surge vigoroso en busca de la plena luz. Sobre todo ello duerme el cielo tranquilo del anochecer, sin sus primeras estrellas. Atravieso con desganada indiferencia, un punto oscuro en el ánimo, y llego hasta la puerta del salón. Paro. Bajo la madera sorprende, inesperada, una raya de luz. Un temor y luego una inquieta paz. Un vago y molesto pensamiento sobre las oscuras ocurrencias de mi madre se me afinca sin demasiada insistencia.

            Entro en el gran salón. Está espléndidamente iluminado. No comprendo la multitud de gentes, niños y muchachos, que lo ocupan, ni ese mobiliario nunca antes ni entrevisto. Y tengo que recapacitar, recogerme en mis recuerdos. Este salón es monstruosamente grande, como cúatro o cinco aulas de clase, y los chicos y las chicas están efectivamente estudiando. Sentados en unos antiguos pupitres de tablero inclinado y largo, para seis o siete plazas cada uno, pero alineados bien con holgura, ellos aparecen como estudiantes, con libros y cuadernos en las manos y en el aire un ruido bastante discreto de sus conversaciones. Mi entrada pasa desapercibida completamente. Estará alquilado, quiero suponer. Tornemos los acontecimientos con la debida tranquilidad.

            En el apagado bullicio camino entre los pupitres, y nuevamnte me hieren las enormes dimensiones del salón, nunca, ni en sueños, supuestas. Y aumenta mi retenida congoja ese alto techo, altísimo, porque aparece lujosamente artesonado. Molduras de yeso en doradas purpurinas, lo recorren geométricamente y son buenas su disposición y armonía. Aparte de los largos pupitres se encuentran otros más pequeños, y mesas y sillas, y sin estar a la vista ningún jefe o profesor, una tranquila actividad. Vuelvo del extremo del salón, perplejo, y mientras camino, se me une con una curiosidad graciosa, una espigada chica que se empareja conmigo. Le sonrío flojamente, con  esfuerzo.

            —Ignoraba la existencia de una academia en esta casa —indagué cautelosamente, a tientas.

            —Esto no es una academia —me repuso; y con un tono de juvenil orgullo: —Es un salón que nosotros hemos arreglado para nuestro uso.

            Pero esto es mío, me protestó en silencio. En voz alta: —¿Les resulta caro el alquiler?.

            Quedó como un poco desconcertada. Tiene ideas no muy claras sobre el tema.

            —No pagamos nada. No recuerdo cómo al principio nos instalamos aquí, pero el salón es nuestro; lo limpiamos y cuidamos.

            —Pero por eso, solamente…

            —¡Es nuestro! —repitió. Busca argumentos que exponer. Dijo: —Vinimos aquí por nuestra libertad. Lejos de los que quieren protegemos. Y contra nuestros padres… Nosotros queremos ser libres, y por ello estamos aquí. Esto es nuestro.

            Nada repuse, hubiera sido inútil. Llegamos hasta la alta ventana en cuyo hueco estaba una niña volviendo las páginas de un manoseado libro. Preguntó a mi compañera dónde se encontraba Grecia. Ella, con facilidad, se lo indicó en un no muy limpio mapa de texto.

            Doy, solo, unas vueltas más por el inmenso salón. Me vuelve la congoja del lejano artesonado del techo. Pero tengo problemas que es necesario resolver, dejar bien claros ciertos puntos. Si no, me atormentarían continuamente, sin reposo. Me detengo en un extremo y bato palmas. Quiero advertirles que la casa es mía. A esta instancia se acallan los murmullos y las miradas se dirigen hacia mí.

            —Por favor, por favor … —les reclamo con voz seca urgente para exponerles la real situación. Examino los grupos juveniles. Pero parecen, después de los primeros segundos, haberse olvidado de mí, como si yo fuera un sueño entre ellos. Veo que, aunque con palabra queda, habla cada uno con sus compañeros con unas banales y plácidas expresiones. Desisto. Paseo de nuevo hasta el otro extremo. Allí está una puerta abierta sobre otra habitación. No la conocía o ya no me acordaba. A través de ella una nueva extrañeza: un niño pequeño, como de un año, juega solo en el suelo, que está roto, y arranca de él piedrecillas que parece lanzar, por un boquete de la pared, a la calle. Vuelvo atrás, entre irritado y asustado, e increpo a· una chica de pelo mjizo que se acomoda en un alto taburete, como de bar, estudiando unos papeles que tiene en su regazo…

TASSILI | Barcelona, Editorial Seix Barral, 1992

Capítulo II

        Acabado el trabajo informativo, se encuentra libre. Vagará por estas laderas durante unos días antes de iniciar el camino de regreso. Con lentitud, disponiendo de tiempo no tasado empieza a subir y a encaminarse en la dirección que le indicaron; ha de alcanzar la zona conveniente. Los primeros dibujos le causaron desencanto, como también le sucedió con el libro. Le parecieron toscos, sin arte alguno y de un sentido dudoso.

            No logra comprender, en un principio, que pudieran tener importancia, ser significativos. Comenzó a trabajar y los reprodujo sin complicaciones. Al cabo de varios días perdió la urgencia de marcharse. Aquellas figuras tenían, si no encanto, que luego sí lo tuvieron, un mensaje de los lejanos hombres que era necesario recoger. Y pasó la semana, y otra, y los meses. Estuvo cerca de cuatro sufriendo hambre y sed.

Cuando se vio forzado a abandonar el trabajo era un esqueleto que apenas si podía andar pero que, no se sabe con qué voluntad, en el plazo de dos días  recorrió la distancia hasta el oasis, con un poco de agua en la cantimplora y nada de comida.

Capítulo VI

         Pero pronto choca con los invasores. Sí, vienen mujeres. Todas ellas son mujeres montadas en unos grandes feroces caballos que gobiernan despóticas. Visten unos cortos calzones de cuero y llevan los pechos fajados con una ancha tira también de cuero. Mas sus largos coloreados cabellos los llevan ondeando a los vientos y en sus ojos brillan la crueldad y el desprecio.

            Golpeado cae al suelo y queda inconsciente. Las amazonas gritan victoriosas y llegan hasta el templo. Caracolean sus caballos y destrozan a los fugitivos con sus bastas pero poderosas espadas.

            Abre los ojos. Tiene sus manos atadas a la espalda y el dolor late largo en su cuerpo. Le rodea una multitud de amazonas. Un aire de sangre, cólera y vencimiento. El miedo le constriñe, casi lo enloquece. Tiene que despertar, volver al mundo real. El suelo aparece cubierto de cadáveres y de unos desnudos hombres mutilados, víctimas de desconocidos rituales, que se desangran arrimados a unos muros, acogidos a ellos en una última inútil protección. En sus ojos brilla casi más la estupefacción que el espanto.

            Están ardiendo las techumbres del templo, las columnas, los ornamentos. Dentro de su acongojante miedo siente una incredulidad que se va enturbiando.

            Dos de las amazonas, con brutalidad, lo arrodillan. Una alza en el aire la férrea espada que descenderá veloz mientras él apura un último instante de desesperación, una última mirada a ese templo que espantosamente se desmorona crepitante envuelto en las inmensas, oscuras, rojas llamas.

CARPANEL | Santa Cruz de Tenerife-Madrid, Ediciones La Palma, 1996

 

Capítulo VII  El castillo

      Simón siente cómo un fracaso sucio le penetra desde el aire de fuera. Vencido, arrastrado por las calles y caminos. Toda su vida fue inútil. (…) Entra en una erupción de cóleras, de iras encubridoras de tantas miserias. Camina unos pasos hacia el borde, acercándose a la carretera. Ya abajo no ve a nadie. Acaso esté en ese coche que se marcha. Le grita frenético:

—¡Cabrón! ¡Alcahuete! ¡Lacayo!

El coche se aleja. Sigue Simón cada vez más excitado:

            —¡Sí, huye alcahuete de mierda! ¡Roba para que tus amos del Ayuntamiento cobren cuatrocientas mil pesetas, quinientas mil…un millón y más, chupadas a los trabajos de los pobres, a sus hambres y harapos, a los montones de tísicos!

***

Antes del amanecer de la mañana siguiente abandona el viejo hogar. Lleva una parda manta cuartelera enrollada a la espalda. Recorre despacioso el camino que sigue barranco arriba, sale del núcleo del pueblo y se encuentra en descampado. Apenas, si de tanto en tanto pasa al lado, o divisa algo lejos, alguna choza o un viejo corral. La pendiente se hace áspera según remonta el oscurecido valle. Antes de las primeras luces se detiene en un lomo, todavía a un tercio de la subida, forzado a descansar. Su respiración es anhelante y siente, o cree, que las costillas le duelen al hincharse el pecho desacostumbradamente y ha de permanecer resollando un rato antes de normalizarse. Ya no puede ser. Ha estado encerrado durante tanto tiempo que no se percató de su silencioso paso. Esos años lo destrozaron, lo hundieron, lo hicieron un viejo. No pasó él a través del tiempo sino que fue exprimido por este. ¿Adónde se dirige?

            Ya es un inútil, no sirve para nada. Dejó atrás los cuarenta y dos años, no quiere aclararse cuántos, y ha devenido en puro estiércol, nada puede hacer. Mira hacia abajo, al pueblo que queda atrás, a sus luces que rompen la oscuridad, a sus alineaciones. Seguirá adelante. La noche no deja ver estrella alguna, el cielo está cubierto. Corre una corta brisa que, para esta hora de la madrugada, más bien resulta cálida.

EL CAFETÍN| Santa Cruz de Tenerife, Altasur Ediciones, 2002

 

“En su novela El cafetín, con la que se cierra su obra, se sigue con ese mundo alucinatorio subrayado, y digo subrayado porque ¿qué es el mundo sino una alucinación, una creación de cada ser humano a su imagen, de acuerdo con sus necesidades y estado de ánimo? En esta novela, el antihéroe que es al principio el protagonista, se crea un “Purgatorio” con el fin de regenerarse, de que de sí mismo salga un ser más puro o benigno, para que a partir de ese sufrimiento de la larga noche, a partir de la imagen que le devuelve el espejo, tome conciencia de lo que es. Y que, entonces, vaya camino de ser el héroe en que todo el que lucha por descubrirse se convierte. Camino de convertirse en el que quiere ser, al que le empuja una fuerza en estado germinal, confusa, pero con el claro fin de la renovación”

(María Teresa de Vega)

Relatos

de Isaac de Vega

| fragmentos |

CUATRO RELATOS | Santa Cruz de Tenerife, Ediciones Nuestro Arte, 1968
  • 2ª edición, Santa Cruz de Tenerife/Las Palmas de Gran Canaria Editorial Benchomo, 1992

 

La persecución

            Miguel se sentó en el suelo y apoyó ambos pies contra el tronco peligroso, mientras contestaba a la llamada de Juan con un gesto de la mano. Cuando este cruzaba el estrecho paso, despacio y lleno de temor, Miguel distendió violentamente las piernas y el madero se movió de su sitio. Juan, tomado de improviso, hizo unos equilibrios de payaso y cayó. Cayó de costado y en su trayecto fue describiendo un giro de ciento ochenta grados hasta que la cabeza estalló, con gran ruido, contra una de las lisas piedras del fondo. El tronco continuaba casi en su mismo lugar. Apenas si lo pudo mover.

            Y así concluyó la tenaz persecución.

La posesión

        Amo esta tierra, la amo con dolor, ciegamente, como nunca podrá ser amado ser ni cosa alguna. Y ante este amor, la sangre nada importa.

       Ya es de noche enteramente.

       Camino hacia el palacio, completamente solo en esta noche, con mi afán, con mi fuerza

      Camino solo por este gran campo mío, como el único hombre en esta tierra de cobardes.

Miguel y su enano maligno

        (El enano maligno se retuerce de risa bajo una higuera en un barranco cercano; contrahecha su risa alegre y hedionda como lo está su deforme cuerpo. Es un viejo fauno jorobado que nunca pudo alcanzar el amor de una ninfa y que por ello trae un corazón cargado de siglos y resentimiento. Esa fuerza destructiva, esa ansia nunca colmada, le impidió la dulce muerte que llevó a sus compañeros, que ahora yacen para siempre bajo los alegres árboles de los bosques de su patria. O acaso sea un demonio engendrado de los primeros cienos hirvientes de la Tierra, antes de que las pequeñas algas mostrasen al sol sus verdes cuerpecillos, hace tantos millones de años.)

Mari

            Recorrí dos veces la hilada de casas y Mari, que me esperaba siempre sentada en un poyo del jardincillo, no estaba, ni tampoco su madre o alguno de los otros familiares. Di un recorrido más largo y volví otra vez, inútilmente. Sentía cómo pasaban los para mí sustanciales minutos, tiempo robado o perdido, desapacible. Crucé una vez más ante la casa de Mari, muy despacio y la vista fija en la entreabierta ventana. No vi persona alguna pero sí percibí el sonido de unas voces.

            Pasó una hora; la tarde se fue haciendo menos luminosa y llegó también el momento en que nosotros acostumbrábamos a separarnos. Perdidas las esperanzas no me decidí a marchar. Quise por lo menos verla unos instantes. La larga espera, su no aparición me había causado una excitación dolorosa. Pensé que vislumbrar su silueta un único segundo sería suficiente.

SIEMPREVIVAS | Santa Cruz de Tenerife, Interinsular Canaria, 1983

El cazón

            Deja la navaja y con precaución intenta desprender el anzuelo. La boca del animal no tiene dientes. Sus labios son duros, como cubiertos de un esmeril fino, rasposo. Siempre debatiéndose. Al fin logra desprender el anzuelo de su carne dura. Levanta el cazón con ambas manos y lo lanza al mar. Un chapoteo y luego el silencio. Igual que antes. (…) Desarma la caña y emprende el regreso.

            El pueblecito está aún dormido. Ante la chabola su perro le espera. Hace frío. Se acuesta. Ahora al desaliento sucede una alegría íntima y sosegada. Se arropa bien y procura dormir.

            Fuera se levanta una brisa desapacible, neblinosa, de una mañana precozmente invernal

            En ese momento se alegra de no haber pescado nada, absolutamente nada.

CONJURO EN IJUANA | Santa Cruz de Tenerife, Ediciones Liminar, 1981
  • 2ª edición: Viceconsejería de Cultura y Deportes Gobierno de Canarias, 1989

Conjuro en Ijuana

      Se enciende la primera estrella cuando aún la luz del sol esparce una claridad boreal por las alturas. Próximo está el gran montón de leña: maderas arrojadas por las olas a la playa y penosamente subidos, grandes artemisias secas, troncos porosos de balsamíferas. Forma una pira en el centro del tagoror. Prende la llamita, que luce cálida y acogedora en la semioscuridad, y  en correspondencia se iluminan dos estrellas más desafiando la zodiacal luz. Una oración muda, puro anhelo. El corazón se mueve a grandes latidos, aprieta la garganta, pone opresión en el vientre y por el cuello cabelludo se desliza un ligero calofrío. Tiemblan las manos al colocar los leños con especial cuidado. Da comienzo el innominado conjuro. Las llamas crecen en tamaño y ondean a la floja brisa, llamas rojas que se mueven con un monótono zumbido y la columna de humo se desfleca en envolventes movimientos. Llamas milagrosas como la existencia en el hombre; surgen de las cosas, no se pueden guardar; fenómeno de la materia, como nuestro propio espíritu. Las llamas aumentan y el zumbar del principio se transforma en rugido. No hay que pensar, no hay que trazar inútiles círculos, ni recitar palabras, ni hacer gestos; solo la espera. Premonición a lo largo de los años de una liberación confusa. Un esfuerzo de voluntad. Concentra la mirada en los flecos cambiantes, en sus matices, mientras la mente se va cerrando hasta no percibir sino un brillante rojo.

                                                           *

     Por sus ojos cerrados pasan chispas de luz. El pensamiento detenido. Pero en huida aparecen sombras de Igueste: los cañaverales próximos a la playa, una discordancia de risas y figuras, los habituales borrachos de la caseta de Moyo. Y la imagen de Juan con su único ojo, del libidinoso Juan con su camisa de hábito y su ojo avizoramente lento.

                                                           *

    Hace un esfuerzo para no pensar, para destruir esas parasitarias sombras. Vuelve a la inconsciencia. Crepitan los troncos, chasquean, surgen nuevas llamitas y nuevos humos; su escozor hace surgir las lágrimas y, al desviar los ojos hacia arriba, hacia el pozo en el cielo, los irritados ojos perciben unas formas que quieren ser caballos, caballos blancos, desalados, cuyos cascos encontraron apoyo en la flojedad del aire, que aparecen y desaparecen entre las nubes de humo. Y cambia la fantasmagoría. Ahora es el mar. Está en el mar, pescando.

VIENTO | Las Palmas de Gran Canaria, Edición de Víctor Ramírez Rafael Franquelo, 1991

 

          Estoy otra vez en esta ruina y desolación, y el alma descansa al regresar a la vieja guarida. El astillado quiosco, la separación de lo más próximo, el siempre roto mar… Hoy también ese viento desapacible, constante, frío. Me acompañan los personajillos usuales y otros que el azar lanzó desde los barrios hasta la hoy áspera soledad marina. A lo largo de la ribera, desafiando los espumarajos, seres atentos y lejanos hurgan entre las musgosas piedras.

            Sí, hasta el quiosco alcanza un vientecillo molesto que llega desde las movidas aguas, tiempo canario, le dicen; nos ataca y sigue valle arriba. En esta orilla lo soportamos con su añadida carga de hume dad. Repito que me sentí como en un viejo hogar. He estado por ahí, con un grupo de pescadores amigos, aventureros por la  costa, sufriendo incomodidades. Ya prefiero rezagarme, me pesan la mente y las ideas.

            Me siento contento en esta arruinada ribera, tres o cuatro casas alineadas, comidas sus paredes por la lepra del salitre, y el quiosco, en el antiguo varade ro de los lanchones. Más aislados unos botecillos; un amago de reducida playa entre las alargadas bandas . De las piedras marinas. Me encuentro contento con mi vaso. Apenas si algún empecinado forastero, caña de pescar al hombro, de paso para el Purís, se detiene unos instantes para beber su aguardiente o su cerveza.

            Está esa fresca brisa molesta y alguna gente. Nada me importaba, sentía tibieza. Ellos, escandalosos como siempre, hablan a gritos. Todo me llega y se mezcla con el batir de las olas, todo junto, incluso su olor y su humedad salina. Estoy separado, en otra par te, adormecido en los pasados encuentros. Estuve en una de esas exposiciones y yo también entonces estaba distraído y con un vaso en la mano. Acaso rondara por mi cabeza alguna persistencia de colores, arrastre y superposición de tanto cuadro. En un viejo saloncillo colocaron unas mesas. Aislado con mis propios pensamientos, fútiles sin duda. Y mi corazón estaba tranquilo, contento, neutralmente contento. Nada importa lo que alrededor sucede. No quiero que me saluden ni desarrollar esas charlas de pocas palabras que son alargados y corteses reconocimientos. Estaba yo así, sumido en cualquier insustancial tontería y enton ces ella me saludó, y reconocí que era ella. Es posible que yo anide obsoletos impropios pensamientos, algo ya pasado que una persona sensata debe desterrar.         Me preocupan sus ojos; esa transparencia que en ocasiones te deja hundir en no se sabe qué fondo. Ese color moteado de puntitos distintos, su terneza. Y más.

            Sus ojos grises y apacibles. Me quitan cargadas sombras. Llegan como una mansa ola, desde apartado mar y envuelven en sus aguas tibias. Mares, orillas de mar, verdes crestas. Tonterías.

            Sus cortos cabellos densos.

            Cuatro años, tiempo envuelto sobre sí mismo como remolino del aire, está ahí delante, muertos viejos hielos., La miré y me faltaban palabras.

            —Tienes el cabello corto.

            —Siempre lo he tenido igual.

            Miré sus ojos, sus conocidas aguas. Volver al principio, destruir el largo tiempo.             Permanecíamos en la pequeña sala. Dos de sus paredes están ocultas tras antiguos estantes encristalados. Una profusión, al amparo de las cerraduras, de heterogéneos libros. Muchas personas para lo que es costumbre en estos actos. U nas cuantas botellas, galle titas, almendras, una especie de churritos…

CUANDO TENEMOS QUE HUIR Y OTRAS HISTORIAS | Santa Cruz de Tenerife, Centro de la Cultura Popular Canaria, 1997

 

TOMÁS

            Al penetrar en el aula nos recibe el olor a tiza y a esa antigua tinta barata con que se llenaban los tinteros de porcelana, insertos en los redondos huecos de la cabecera de los pupitres. Hace años que ya no existen. Pero está ahí otra vez esa impresión, esa dominante acogida de hogar antiguo.          Yo, después de los años, entraba nuevamente, ahora como profesor, por una de esas puertas y trabajaba por la noche. Dentro, pocas personas: doce, quince. Adultos. Gente de dieciséis a veintitantos años. Se reúnen en el salón y esperan atentos. De ellos surge impactante un ambiente de paz acogedora. Parecían niños confiados que acaso tenían fe en las cosas del mundo y en sus buenos frutos.

            Empezaba yo entonces a ganar mi primer dinero y puse empeño en que todo saliera bien. Tenía la ventaja de que, por la hora, no me molestaran superiores con sus consejos didácticos de última novedad ni pedantadas. Ello me erizaba y ponía de mal humor. La juventud es el tiempo de la franqueza y de la justicia y no siempre sabe de adulaciones y disimulos.

            Al acabar la sesión yo me sentía con un contento especial, un poco cansado, digamos, por un deber bien y fructuosamente cumplido. Hay puntos en las épocas, existen conjunciones especiales de seres expectantes detrás de vulgares facciones que, en indeterminados momentos, se unen y actúan: aquella clase. Hasta se pudiera decir que la marcha se producía de un modo automático. La gente quedaba trabajando confiada en aumentar unos pequeños conocimientos y me parece que en cierto modo quedaban humildemente impresionados ante lo poco que iban adquiriendo. Para ellos era casi adentrarse en una misteriosa esoteria. Me daba cuenta de que, ciertamente, en ocasiones, quedaban w1 tanto maravillados ante alguna nueva, para sus mentes, desconocida información.   Antes de marcharme a casa daba unas vueltas por el campo de juego y los jardines. El conserje, retirado en su casa, en la cena o a la escucha de la radio, y yo quedaba solo con un enorme perro que ya me estaba aguardando. Era grande y más bien viejo, guardián perezoso del recinto. Acostumbrado a los halagos y restos de bocadillos de los chicos, era extraordinariamente manso. Inteligente, de ojos muy expresivos. Lo llamaban Tomás y no sé por qué este nombre me parecía adecuado. Me seguía en mi par de vueltas bajo los laureles y luego, cuando me sentaba en un murete se acercaba para que le rascara su gran cabeza. A veces el conserje se reunía con nosotros y los tres nos entreteníamos en alguna charla. Después Tomás me acompañaba hasta la salida, pero nunca traspasó la puerta. Desde allí saluda con su larga cola y vuelve a sus dominios. Tal vez le cansaba andar libremente por esas calles, últimamente se le notó hasta enfermo y con una resignada mirada melancólica.

            Por ello una tarde, cuando me detenía unos segundos para contemplar aquel nuevo edificio que se adentra hacia el espectador como la proa de un barco, redonda suave, rompedora de lo feo y banal de las cuadriculadas edificaciones, no pude menos de llevarme un pequeño sorpresivo sobresalto. En la acera, ágil y nuevo, unos metros por delante de mí, caminaba el Tomás, trotaba más bien, desprendiendo un inesperado aire de juvenil energía. Dudé que fuera él, que quizá fuera otro perro de la misma raza y muy parecido. Se desenvuelve como si el mundo fuera suyo; muestra sus viejas características de afabilidad y cortesía de perro de innumerable noble ascendencia. Quedé parado viéndole alejarse contoneando las caderas. Como para quitar mis dudas, en esos momentos volvió la cabeza atrás y me divisó. Vino rápido hacia mí y me saludó con un par de alegres piruetas. Cuando quise acariciarlo no lo pude tocar. Lleno de unas desconocidas vi tales ansias, después del saludo se alejó rápido y antes de perderse entre la gente que llenaba la acera volvió de nuevo la cabeza e hizo otra pequeña pirueta de adiós antes de des a parecer.

            No puedo negar la sorpresa que me causara la nueva vitalidad de Tomás y su decisión de abandonar, siquiera por una hora, su cómoda guarida entre los niños del colegio y lanzarse a recorridos que desde hace años no efectuaba. No me puedo explicar, tampoco, cómo su encuentro me produjo una alegría no común, un recogimiento, un contento inexplicable.

            Cuando al anochecer llegué al colegio fui de inmediato en su busca. Di vueltas por los jardines, llegué hasta su garita. Aún no había regresado. Un poco inquieto me dirigí a mi clase, pero antes de meterme dentro se me llegó el conserje.

            —Debe usted estar buscando al Tomás… No sé dónde puede parar. Estaba muy mal esta mañana, muy mal… Tal vez se fue a morir por ahí, no sé… He dado vueltas por estos alrededores, no lo he encontrado. No comprendo cómo estando tan malito se fue por esas calles…

            Iba yo a contarle mi encuentro con el perro y su transformación. Pero callé.

            Con pasos indecisos me dirigí al trabajo, ya estaba mi gente reunida y esperándome.

GEHENA Y OTRAS HISTORIAS | Islas Canarias, Ediciones La Marea, 1999

Gehena

       Un tiempo antes ocurrió un extraordinario e inexplicable encuentro. Recorría la desierta carretera y marchaba despacio por su borde, todo en silencio. Como siempre, nadie; ni la solitaria luz de un insomne, de un noctámbulo, de un madrugador. Las casas son masas opacas, apenas una tiniebla más profunda. Ya la propia suya era inhallable en la monótona noche. Caminaba vigilante cuando de frente, proveniente de no se sabe dónde, apareció la caravana fantasmal, vehículos militares que pasaban silenciosos. Dentro de los grises o pardos camiones se creía ver la sombra de los soldados, sentados, quietos, con el fusil entre las rodillas y mirando absortos hacia adelante. Continuaron, probablemente hacia ninguna parte.

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de Isaac de Vega

MENGUA DEL HOMBRE | La Tarde, jueves, 14 de Mayo de 1959

Sobre un libro de Rafael Arozarena

 

Sin vacilaciones, “Altos crecen los cardos”, el reciente libro de Rafael Arozarena, representa el máximo esfuerzo realizado por la poesía isleña para sostenerse dignamente en la línea nacional; esfuerzo que por incapacidad, conformismo y errónea concepción, rara vez se ha realizado con un mínimo necesario de calidad en las generaciones transcurridas.  (…)

“Altos crecen los cardos” es un titánico, doloroso esfuerzo de rotura; un nadar semiasfixiante a través de las aguas en busca de la superficie; un dejar atrás la media luz provinciana, esterilizadora y encarrilada. Es una forma propia —a veces rigidez, sequedad—, nueva, diferente.

Su impacto ha sido extraordinario. Es dudoso que ningún otro libro haya tenido una acogida tan favorable, mérito aún mayor si se tiene en cuenta que la crítica, en su gran parte, se limitó a una visión restringida y fácil, soslayando por consiguiente una mirada de más fina y alta valoración.

LA PIEDRA DEL CAMINO | Diario de Las Palmas, martes, 8 de Enero de 1996

Sobre la novela de Victor Ramírez

 

Gentes de un determinado estrato social sufren impotentes la opresión caprichosa  de las denominadas fuerzas del orden. En esta narración de Víctor Ramírez se plantea al lector, y supongo que una vez más, ese viejo problema aún no resuelto del abuso de poder en nuestros tiempos aureolados de democracia y libertad.  Son las gentes impunemente insultadas, con comienzo casi seguro de un despectivo tuteo, interrogaciones acompañadas de todo tipo de soeces palabras, amenazas, provocaciones para aprovechar… Al pobre diablo le dan golpecitos con los dedos, le empujan con el cuerpo –lo más frecuente –en espera de la natural reacción que ni siquiera es defensiva, sino mero instinto de alejamiento salvaguardante. Y ello es aprovechado inmediatamente como agresión, y el infeliz es apaleado.

*

Pero esta “La Piedra del camino” no es únicamente denuncia de unos determinados hechos sino, principalmente, una demostración de buena literatura, del buen arte de manejar el idioma y las circunstancias. (…) Las palabras, las conversaciones, los intereses, se van presentando encajados inequívocamente en ese sustrato por él elegido, y sabemos por nuestros conocimientos, que pertenecen inequívocamente a él, sin mezclas, sin impurezas.

 

Fotografía: Coroliano González Montañez

Obra completa y bibliografía pasiva

Bibliografía

Obra completa

de Isaac de Vega

OBRAS COMPLETAS. ISAAC DE VEGA (5 tomos: Novela I y II; Relatos III y IV; Ensayos y artículos: V), Santa cruz de Tenerife, Ediciones Idea, 2005

Con la edición crítica de Juano José Delgado se abordó reunir toda la obra de escritor fetasiano que sería publicado por Ediciones Idea en 2005.

Las Obras Completas de Isaac de Vega abarcan cinco volúmenes: el primero reúne sus novelas FetasaAntes de amanecer y Parhelios; el segundo contiene PulsatilaTassiliCarpanel y El cafetín; en el tercero aparecen sus tres primeros libros de narraciones cortas: Cuatro relatosSiemprevivas Conjuro en Ijuana; el cuarto está conformado por los libros Viento, Cuando tenemos que huir y otras historias y Gehena y otras historias; por último, el quinto tomo es un compendio de sus artículos, y discursos. Mientras tanto, las Obras Completas de Rafael Arozarena se componen de cuatro tomos: el primero incluye sus dos novelas más notables, Mararía (finalista del Premio Nadal de 1971) y Cerveza de grano rojo; el segundo sus cuentos y sus novelas cortas La garza y la violeta y Fantasmas y tulipanes; el tercero su poesía y el cuarto sus artículos periodísticos.

Bibliografía pasiva

de Isaac de Vega

DELGADO, Juan José, Edición y prólogo de Obras Completas de Isaac de Vega (Novelas: tomos I y II; Relatos: tomos III y IV; Crítica y ensayo: tomo V), Santa Cruz de Tenerife, Ediciones Idea, 2005
PEÑATE RIVERO, Julio, Isaac de Vega: Dependencia y literatura en Canarias, Aula de Cultura de Tenerife, 1982 (publicación correspondiente a la tesis doctoral presentada en la facultad de Letras de la Universidad de Neuchâtel).
RODRÍGUEZ PADRÓN, Jorge, edición y prólogo de Fetasa, Santa Cruz de Tenerife, Ediciones Interinsular Canaria, 1984.

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