Isaac de Vega

En las orillas de Fetasa (1920-2020)

Isaac de Vega

Presentación

Centenario del nacimiento de ISAAC DE VEGA

El programa de actividades que conmemora los cien años del nacimiento de Isaac de Vega tiene por objetivo poner en valor la figura de uno de los escritores canarios más destacados de la segunda mitad del siglo XX, profundizar en su legado literario y ahondar en su biografía.

Una puesta en valor de la obra y vida del que fuera Premio Canarias de Literatura en 1988 y uno de los impulsores del movimiento cultural y literario fetasiano.

 

Un programa multidisciplinar ofrecerá una visión global y para todos los públicos de la figura y la obra de Isaac de Vega, mediante coloquios y mesas redondas, exhibición de un documental sobre los fetasianos, representación de una obra escénica a partir de su obra más singular, Fetasa, así como una performance narrativo musical.

Se completará el programa de actividades con la publicación de una monografía y la propuesta de material didáctico adaptado a diferentes niveles educativos.

El programa de actividades que conmemora los cien años del nacimiento de Isaac de Vega tiene por objetivo poner en valor la figura de uno de los escritores canarios más destacados de la segunda mitad del siglo XX, profundizar en su legado literario y ahondar en su biografía.

Una puesta en valor de la obra y vida del que fuera Premio Canarias de Literatura en 1988 y uno de los impulsores del movimiento cultural y literario fetasiano.

 

Un programa multidisciplinar ofrecerá una visión global y para todos los públicos de la figura y la obra de Isaac de Vega, mediante coloquios y mesas redondas, exhibición de un documental sobre los fetasianos, representación de una obra escénica a partir de su obra más singular, Fetasa, así como una performance narrativo musical.

Se completará el programa de actividades con la publicación de una monografía y la propuesta de material didáctico adaptado a diferentes niveles educativos.

Latidos de una vida

Isaac de Vega Gil

Nació en Granadilla de Abona, Tenerife, el 7 de noviembre del año 1920. Hijo de padres maestros, marchan pronto a un nuevo destino escolar. La infancia y sus primeros estudios se desenvuelven inicialmente en Igueste de Anaga, prosigue luego en Santa Cruz y culmina en La Laguna. Ingresa en la Escuela de Magisterio y realiza dos cursos de Ciencias en la Universidad.

Llamado a filas en plena Guerra Civil, en el año 1938, no participa en combate aunque se mantiene durante varios años en diferentes centros militares de las islas. Durante los años castrenses no deja de escribir y, en ese ámbito, se sitúan los comienzos de una época formativa y de vocación literaria. Se siente atraído por escritores de la generación del 98, como Pío Baroja, Azorín o el Unamuno que ve en lo intrahistórico la manifestación de lo inconsciente en el marco verificable de lo histórico. Se licencia en el año 1944 y se incorpora como maestro a diversas escuelas del Archipiélago.

Fotograma del documental «Fetasianos, el laberinto habitado», David Baute (dir. 2006)

         «Hablando de Isaac de Vega:                         Un hombre, un escritor»               

María Teresa de Vega

Escritora, poeta e hija de Isaac de Vega

EN BLANCO
ISAAC DE VEGA: AL HILO DE LO ESCRITO A SU MUERTE

      Escepticismo, soledad, fantasía, el absurdo de la existencia Con estas palabras singulariza Juan Manuel García Ramos, en su artículo “En la muerte de Isaac de Vega”, al escritor fallecido. Y si los fetasianos beben de, o coinciden con la doctrina existencialista, es de rigor que, al menos en lo que respecta a Isaac, este fuera lo que también dice J. M. G. R, hombre con ausencia de vedettismo intelectual. Honradez  integral obliga.

            Esta es una cuestión sumamente interesante que siempre me ha sumido en la perplejidad. Que en el mundo de la cultura y de los intelectuales se dé el “pasteleo” por un lado, y por el otro, como tarea afín, esa sigilosa lid por estar en los más cenáculos literarios posibles, ese refugiarse en las capillitas coronadas, con la subyacente pretensión de premios o aupamientos a la primera fila. A la ausencia de esta excitación arribista en el último fetasiano (el último en desaparecer), se refiere Sabas Martín en su obituario. Y experimento yo perplejidad porque se le supone al intelectual, al andar gozosa y fértilmente en sus tareas mentales y espirituales, más lejos del suelo. Esto no quiere decir que no se luche para ocupar el puesto que le corresponde a cada uno en la orquesta de la literatura.

            Pero los fetasianos, sigue diciendo García Ramos, eran gente discreta. Por eso, pienso, quizás porque no se pusieron como el astuto Ulises el vellón de oveja sobre los hombros –y así el prepotente Polifemo los dejara salir a la luz, desde el interior de la gruta donde nadie los veía, ni sabía que existían- quedaran presos en la caliginosa cueva del cíclope. Por lo menos para las cabezas, entre nosotros, de los surrealistas. Porque Westerdhal y Pérez Minik  los minusvaloraban  -sigo con García Ramos- y acusaban de construir “metafísicas vacías”, “abstracciones baratas”, y Luis Alemany, a coro, “algo de rabiosa tomadura de pelo”. Tal vez les disgustara el “estilo desnudo”, que dice Alonso González Jerez, de Isaac, sin mucha preocupación por este aspecto de su hacer literario, pero si metieron en el mismo saco a Rafael Arozarena, cuya escritura es hermosa, y pienso sobre todo en “Cerveza de grano rojo”, no creo que este fuera el punto atragantado.

            Alfonso González Jerez dice, además, que Isaac de Vega no quería construir un estilo sino un universo. Es decir, según los surrealistas arriba aludidos, una metafísica vacía y barata. Para empezar, yo no creo que quisiera construir una metafísica (con ello no quiero refutar a los que así piensan, es solo una opinión personal), él escribió y salió lo que salió. Tampoco, que le brotara una metafísica, esa palabra contiene demasiada densidad, demasiado sistema, para aplicarla a un escritor que busca, a un salteador de caminos que lleven a algún sitio. En Isaac lo que hay, de otra manera visto, es errancia por senderos solitarios, por mundos que se parecen a los sueños; es soñar otros espacios más fértiles e iluminados, es dar vía libre a los demonios que nos poseen o nos amenazan. Esa metafísica es un mundo interior, poderoso, inquietante, nada sumiso que busca una salida, un modo de vivir en que la realidad no arañe, rompa las promesas que un día nuestra calidad de ser humano imaginó. Un universo, sí, el de Isaac, que escribió lo suficiente como para que ese universo tuviera su espacio, sus planetas orbitando alrededor de un centro desolado que todo ser humano en sus horas amargas conoce. Para que tuviera su tiempo, un tiempo que traspasaba las fronteras de la vida, o lo que es lo mismo, infinito, para seguir errando, sufriendo, admirando la belleza del mundo y de los seres.

            Vuelvo a nuestro mundo prósperamente cainita. A ese mundo torpe, ridículo, porque no hay nada más ridículo que -en un mundo lleno de genialidades, de talento- suponerse con derecho a estar en la cima, con la exclusión de muchos otros a los que hay que cortarles las piernas trepadoras. Sin embargo, nada hay más feliz, más armonioso que esa orquesta -en esta ocasión insular- en que cada uno toca su instrumento y juntos construyen, ahora sí, una sinfonía singular.

            Las actitudes dogmáticas siempre se me han indigestado. Sin embargo, la historia de la literatura está llena de ellas. ¿Son imprescindibles para que lo nuevo, o lo que se opone a un movimiento cultural determinado, se refuerce? No lo creo, un estado de la cuestión nunca es estable, se mueve, y al parecer, por una impenetrable dinámica de los mundos, se mueve hacia su opuesto. Recordemos a Heráclito. Pienso que, una razonable intransigencia con la intransigencia- y no olvidemos que en otros órdenes de la vida esta ha supuesto vida invivible por decreto-, esa tarea pacificadora, sin dejar de ser innovadora, la llevarán a cabo descendientes más evolucionados que nosotros. Porque: “Tristes, tristes nuevas, si no es de amor la cosecha”.

            Por algún tiempo quedará ese gentilicio- como con voz técnica lo denomina Carmelo Rivero-, FETASIANO, aquel que habita la patria metafísica que es Fetasa, y cuyo sustento material para Isaac de Vega y la segunda novela de Rafael Arozarena ya citada, es Anaga. En ese, a veces, misticismo, cuyo mundo invisible es una aspiración a lo que nunca se logra pero se presiente, que por medio de una tarea intelectual se intenta cartografiar, en ese orbe que acaba presentando las mismas lacras que el real, uno puede adentrarse y caminar, caminar por una propuesta narrativa particular, con su paisaje y su paisanaje, como escribe Víctor Álamo de la Rosa, uno puede caminar con lo local, eso que también le reprochaban los surrealistas canarios a los fetasianos, y que nos recuerda García Ramos: la condescendencia con lo local. Sin ver que lo local, en estas narraciones, estaba transfigurado por los númenes del mundo interior.

            ¿Quién reconoce ese lugar llamado Ijuana en el relato que escribe su conjuro? Está poblado por cuanto le dice su imaginación, su gozo particularísimo de aquel paisaje, y lo que este le susurró, como lo hace siempre con quien confía en su voz y quiere aproximarse a su misterio. Cerca, vamos a suponer, de Ijuana, en sus últimos días- de su cantón de Ijuana, ese valle por el que pasaba un aullido sordo, llorando soledad– para su último conjuro, su última fantasmagoría, ante una bifurcación de senderos, se adentra por uno inexplorado. Ni él, ni quien lo acompaña, su amigo, vacilan al tomar la vereda desconocida. Así imagina su regreso, que es a la vez una partida, Cecilia Domínguez Luis en su cuento a su muerte “Regreso a Ijuana”.

CARPANEL Y EL BARRANCO DE SANTOS

Puesto que se me ha dado la oportunidad de hablar de Isaac de Vega, mi padre, voy a dedicarle unas palabras que intentan ser una síntesis de aspectos de su persona y de su literatura.

Isaac, además de esa estampa que lo presenta como hombre solitario en un paisaje agreste, hombre no amansado en una naturaleza desvestida de las galas de lo ameno- no transita el típico locus amoenus de la literatura-,  individuo extravagante con vaqueros y sandalias de goma, esas que llamamos cangrejeras, fue también maestro, después director de colegio, estaba casado y tenía una familia. Y vestía en estas sus tareas y en las obligaciones que exigía su mundo familiar, ropa convencional.

Pero, también, como más o menos nos pasa a todos, tenía dentro de sí ganas de ser otras cosas. Principalmente ser una especie de robinsón- así lo vi yo durante mucho tiempo-, en el aspecto que este personaje de ficción tiene de victoria sobre la necesidad, necesidad que va a ser satisfecha exclusivamente por uno mismo. En el caso de Isaac, de naturaleza espontáneamente austera, sin las coqueterías del inglés.

Pues, mi padre, en Ijuana, que es un lugar real, si bien envuelto en las brumas de su especial surrealismo, valle en el que tenía un extenso terreno compuesto por colindantes trocitos que fue comprando a unos y otros, un lugar de la costa de Anaga, se construyó una habitación pequeña y plantó, entre otros vegetales, papas y cebollas. Y siguió, además, practicando una actividad que siempre le fue grata: pescar. Como vemos, se procuró cobijo y sustento, y allí vivió temporadas. Solo.

Porque muchos humanos gustan de esa soledad. La llevan consigo, igual que las ganas de estar con los otros. Hablemos primero de este último impulso. Mi padre tenía muchos amigos, de su edad o más jóvenes. Con los primeros, siendo niñas, salimos algunas veces las familias: ellos eran vitales, y tenían muchos intereses. Isaac, por ejemplo, recogía hojas. Le interesaron mucho durante mucho tiempo. Tenía un herbario. Pretendía, supongo, conocer todas las plantas de su entorno. También tuvo una colección de minerales, guardadas en sus cajas, que para las niñas eran objetos preciosos. Estas colecciones dicen de él que sabía ser minucioso, revelan un muy civilizado aspecto de su personalidad. Y si lo imaginamos como un cuidadoso agricultor en lo esencial, podemos también imaginarlo como un joyero que amorosamente repasa sus joyas, no por su valor material sino por su rara y arisca belleza. Y, en esas excursiones, Rafael disertaba sobre los colores de la naturaleza, y en una ocasión todos nos pusimos a recolectar babosas y se las llevamos a la madre de José Antonio Padrón, que era muy buena cocinera, para que nos hiciera un guiso. Y esa misma tarde lo comimos, y como agradecimiento, Rafael, activando su vena jocosa, le hizo un poema a la autora del manjar. Sumamente halagüeño y a la vez cómico. Recuerdos del gozoso fluir de los autores fetasianos. También Isaac frecuentaba las regiones donde brilla el gozo de vivir, la gracia como bendición, o la sonrisa.

 

Pero también su gusto por la soledad. Y eso estaba en consonancia con su afición a pescar. Pescador de caña, por el día o por la noche. Solo, sobre el risco, la silueta de Anaga alejándose por el mar, doblando la esquina, para contener otras asperezas y laderas pedregosas. Alguna vez acompañado, pero en silencio todos, sin hablar para no espantar a los peces. Detrás de él, allá arriba, el faro, en otras épocas con su farero igualmente solitario. La larga inmovilidad del pescador tenía un sentido, pescar el pez, aquel peine, o sargo o cazón que luego comíamos. Tenía, digo, un sentido rotundo, y la espera, larga espera a veces, constituía un reto al tiempo que Isaac ganaba, a ese tiempo que destruye, como a todas las demás cosas, pero en este caso de un modo patente, la paciencia. Repito, esa lid mi padre la ganaba.

(Añado que esta afición y esta espera le sirven como metáfora perfecta de la condición humana, sujeta por un extraño e imperativo destino a una caña de pescar, como sucede en el cuento Gehena, y a la situación de la espera. Porque toda la vida es una espera más o menos prolongada, y como le pasa a muchos pescadores, para no pescar nada.)

Y por supuesto, el oficio de escritor es también solitario. Se encerraba en su cuarto a escribir. O se iba a Ijuana o a Igueste. Durante un tiempo tuvo en la casa de La Laguna, en la azotea, una casita de madera para este menester. A mí, entonces niña, me llamaba mucho la atención, me parecía que a mi padre le gustaba ser como un caracol, con su casita a cuestas. Pero no duró muchos años. El viento la fue destrozando hasta que acabó con ella.

¿Sobre qué escribía? Como sabemos, se sentía extraño en este mundo, más cuanto más años cumplía. Anhelaba otro en el que uno pudiese realizar aquello para lo que se creía destinado, aquello que deseaba ser, donde no hubiera esos obstáculos que tuercen el camino o la vida. Tantas cosas sin sentido que pasan y que se han decidido sin nuestro concurso A merced de poderes ininteligibles y, sospechosamente, sin alma.

Sin embargo, amaba la naturaleza. Una tierra a la que hay que cultivar y no dominar. Y amaba a los animales. Siempre, en el campo, tuvo un perro; los gatos del vecindario  venían para que les echara de comer; los perenquenes, intocables, habitaban la casa y se escondían detrás de los cuadros. También, pues, una relación de no dominio con los animales. Decía Milán Kundera que esta relación con los animales, que no representan fuerza alguna, es un idilio. Añado, un idilio en el corazón de un mundo inhóspito.

(En “Cerveza de grano rojo” hay un pasaje, vamos a decir, estremecedor, donde alguien busca a Issatus, por todos sitios sin encontrarlo. Lo atropella un coche. Después nos enteramos que quien lo buscaba afanosamente era el perro de Isaac. De su amor por los perros dan fe las anécdotas contadas por Cándido Hernández y Roberto Cabrera.)

La literatura de Isaac fue una voz de la existencia, pequeñas tierras descubiertas que añadir a la cartografía de la condición humana bajo la rúbrica del existencialismo.

En su obra se ve claramente la oscuridad, la angustia en que se ve sumido el humano cuando los “límites” luchan contra su voluntad de poder, la oprimen, la aplastan. Fuerzas malignas, obstaculizadoras aparecen en Fetasa, como el Juan de las diversas apariencias. Igual ocurre en Cuatro relatos. Miguel se libera al fin de su perseguidor. El protagonista de La Posesión volverá a empezar, él solo, el único hombre en esta tierra de cobardes. Otro Miguel vuelve al hogar, no se ha desprendido, a diferencia de Simbad con su viejo, del enano maligno. En Mari, el tiempo transcurrido en el lugar de la acción no ha servido para un avance real. Como vemos, algunos de estos personajes no logran, al menos durante un trozo de sus vidas, las que nos ofrece el autor, vencer a las fuerzas que quieren anularlos.

De Tassili, otra lograda novela, ya he hablado en otra ocasión. Aquí el protagonista, va más allá, ya no quiere nada. Las fuerzas opositoras han consumado su labor. Su final, a manos de las amazonas invasoras, es amargo, y metáfora de la condición humana, humillada e impotente.

Quiero pasar a otro aspecto de su literatura.

Se dice, e Isaac mismo lo declara, que a los fetasianos los asuntos políticos, sociales, o no les interesaron entonces, o quedaron en un segundo plano. Juan José Delgado en el prólogo a sus obras completas nos dice que Isaac no negará valor a la novela social siempre y cuando esta nazca de una actitud libre, espontánea y ajena a toda imposición. Yo quiero traer aquí una obra que escapa en su casi totalidad a esta afirmación, la del nulo interés,  y que pone de relieve el  conocimiento que del estado de la cuestión social tenía el escritor. Una razón más, dada su visión profundamente pesimista, para considerarse un extraño en este mundo.

La obra que acerco es Carpanel, publicada en 1996, hace ahora 24 años. Por cierto, en esta novela corre un aire que evoca a Antonio Bermejo Barrera. A este respecto, añado que una parte se desarrolla en el barranco de Santos, en las cuevas, donde sabemos que habitó, durante un tiempo, este escritor. Que se me antoja desdoblado en el profesor Barrera Álamo (lleva el mismo apellido, que los enlazaría visiblemente) y en Simón, personajes de esta novela, este último un muchacho afectuoso, manso, que guiaba al profesor citado a las cuevas de ese barranco, y que se convirtió en un ser arisco, declarado enemigo de todos. Ya hombre, se le resiste la escritura, le atormenta y no puede continuar, se dice en el relato. Quizá alusión al abandono de la literatura por Antonio Bermejo.

Volvamos a lo que decía al principio. En primer lugar, como hecho acusador, aparece en la novela un asunto de siempre y de hoy en nuestro país, el maltrato de animales y su abandono por la canalla. Expone el escritor, a través de un personaje, Ezequiel, su dolorosa conciencia de este hecho cuando se tropieza con el perrillo chico dolorido en su infierno de desamparo que va entregando su desolado corazón al corazón de los indiferentes conductores que pasan. Tiempo después, vuelve a pasar y allí está todavía el perrillo, que le dirige una agónica mirada de infinita angustia, de tristeza sin medida, de soledad sin fin. Pero Ezequiel no se detiene y siente que se ha condenado, ha manchado, si es que la tiene, su pequeña y roñosa alma.

Como si se adecuara exactamente al momento en que vivimos, dice el hombre del barranco: Nos hemos mostrado incapaces de formar una asamblea de ciudadanos que tome en sus manos la coordinación (…) de los asuntos públicos. (…) Nada de benévolas donaciones de externas minorías (…) coartadoras y represivas, avariciosas y explotadoras.

Y de nuevo Ezequiel, ese personaje espejo del escritor: Hoy los políticos se han transformado en unas ansiosas chinches que hunden felices sus chupadores en los pobres de siempre, (…) desde los más derechosos hasta el otro extremo. (…) Estado, regiones, municipios, todos hundidos en la misma sinfonía (…) y sin que un natural rubor tinte sus caras.

Palabras, entre otras, que aparecen como conclusión a casos de mal gobierno y latrocinio que se muestran en la novela.

Hasta tenemos lo que sería, en cierta medida, el equivalente al moderno desahucio. A Simón, el Ayuntamiento lo amenaza con el embargo si no paga la contribución de su casa, a él, que es, entonces, absolutamente pobre:

¿Cómo habrán de embargarme mi casa, (…) mía desde mis tatarabuelos? ¿Cómo pueden quitarme la casa donde vivo? (…) Se portan feroces para que los dineros de la comunidad sean los dineros suyos. Cualquier atentado u oposición contra el cobro, es una estafa que se hace al pueblo, dicen. Pero temen la amenaza a la estabilidad de sus comedores, esos pesebres de lujo que están al fondo del asunto. Esas buenas gambas al atardecer que se han hecho costumbre de todos los días, y el aperitivo a las dos, después de un paseo saludable…

Poco después, cuando pasó al lado de una furgoneta del Ayuntamiento, escupió hacia ella y atinó exactamente sobre la palabra, pintada primorosamente en negro, Excmo.

Se señalan otros casos, viajes de alcaldes y concejales con sus esposas e hijos: los viajes de hermandad, a cargo del erario público, y que, ya que están de viaje, se dicen, inconscientes e irresponsables: podemos pasar por Palestina, a ver cómo va la agricultura del aguacate. Señala estas frivolidades Isaac, dichas de modo tan tranquilo por los munícipes u otros de igual desalmado tenor, y cuyo equivalente en gasto repercutirá en el jornal de un montón de familias que trabajan como negros. En contraposición, se cuentan las desproporcionadas y terribles consecuencias de un robo de batatas por un desgraciado… Claro, me digo, es que si todos nos ponemos a robar, adónde irá a parar la cosa. Hay que ser duros.

En el mundo que se retrata en esta novela, de miseria y marginación, todos los casos que el escritor refiere indican una sociedad en la que alienta un ansia sin fin depredadora, un egoísmo sin medida, una falta de conciencia moral alguna; y por otro lado, también, unos individuos que consienten, que incluso animan, que envidian y que hacen daño a su semejante, tan miserable como ellos mismo. Un retrato perfecto.

Pues, como decía al principio, Isaac de Vega era conocedor de lo que ocurría, ya entonces, eso que muchos de entre nosotros vimos más tarde, a lo que abrimos los ojos cuando apretó la insuficiencia. De bienestar, de dignidad.

Nos encontramos, al final de la novela, así lo veo yo, con que no hay más solución que convertirse en un “alien” de sí mismo en una tierra libre de estas escenas que colman el corazón de desconsuelo, lejos de este mundo donde, además de la orfandad existencial, vive la oscura fatalidad que somos y de la que somos conscientes, solo la claridad de un fogonazo que nos hiere para percibir que Todo es para Nada.

Ahora, el hombre Isaac es un muerto más que, como los del cuento Isagoge, reposa en el silencio o duerme en el murmullo del viento que pasa…

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Miradas a FETASA

Escritores y escritoras nos acercan con sus textos al Isaac más íntimo y personal a través de sus vivencias con el escritor fetasiano

«A Isaac de Vega que retornó el 3 de febrero de 2014″

Cecilia Domínguez Luis

Escritora y poeta | Premio Canarias de Literatura 2015

EN BLANCO
RETORNO A IJUANA

El día amaneció de un azul incierto. Isaac abre la puerta de su cueva y mira el mar cercano que golpea los escollos sobre los que sobrevuelan algunas gaviotas. Las barcas de los pescadores se van acercando al muelle que les espera en una lejanía alcanzable, pero que apenas deja oír el ruido de los pequeños motores.

Baja la vista. El barranco de Ijuana se ofrece como un desafío. Por el angosto sendero que conduce a su cueva, bordeando el acantilado, un perro se acerca; mira la figura erguida frente al horizonte marino y mueve la cola como si se alegrara del encuentro. Isaac le devuelve una mirada de reconocimiento, se agacha y le da unas palmadas en el lomo. Luego vuelve a perderse en la contemplación del océano. Sólo quiere sentir la brisa, el color cambiante del mar, su olor, su sonido al chocar contra las rocas, sin desear ni esperar nada, mientras el tiempo transcurre más allá de sus ojos.

Sabe que a su espalda crecen cardones y tabaibas en descenso hacia el cauce del barranco y, frente a su cueva, la insólita buganvilla que contempla con una mezcla de complacencia y orgullo.

El azul del cielo parece reafirmarse y de pronto le asalta el recuerdo de una hoguera.

Mira de nuevo el sendero. Alguien se acerca. Reconoce a su amigo. Trae algo en las manos. Se detiene frente a él.

-Toma, aquí está tu pulsatila- le dice –Vamos.

No le pregunta cómo consiguió esa flor de pétalos violetas y pilosas hojas – aún no era el tiempo de su florescencia- Ni siquiera responde a su peculiar saludo. Se limita a mirarlo y sonreír.

Se ponen en marcha. El perro los sigue. A ratos mueve la cola y parece olfatear algo distinto en el aire. Tal vez sea el olor desacostumbrado e intenso del mar, o el miedo de algún conejo que los vigila, escondido entre los matorrales del barranco.

Sí, debe de ser eso porque el perro se lanza a la persecución, ladera abajo, y lo pierden de vista.

Isaac no lo espera. «Ya me encontrará. Siempre lo hace», piensa.

Los dos continúan en silencio. Isaac piensa en las siemprevivas, en los dioses lejanos en el amigo que camina a su lado.

Cuando regresen, harán una pequeña hoguera y se sentarán frente a la cueva, en el mismo gran silencio que los une, para contemplar una luna menguante rielando sobre el profundo mar.

Llegan a una taberna. Entran. Saborean el vino recio de la tierra. Su amigo rompe la mudez para hablarle de Juan Bay. Isaac lo mira y siente que se acrecienta su complicidad con las cosas, con el paisaje, con él mismo.

Es hora de continuar. Ninguno pregunta cuando ven que el camino se bifurca en una vereda desconocida. La toman.

Un sol crepuscular ilumina Igueste.

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«Artículos de prensa»

Sabas Martín

Poeta, narrador, dramaturgo, ensayista, crítico y periodista

EN BLANCO
FETASIANOS

Isaac de Vega y Rafael Arozarena constituyen Fetasa por antonomasia. ¿Y qué es Fetasa? Quizás sólo desde dentro o desde sus inmediaciones se pueda entender, sentir, interpretar plenamente lo que se encierra tras tan enigmático nombre que bautizó en 1957 una de las novelas imprescindibles de nuestra memoria literaria insular. José Antonio Padrón, fetasiano él mismo, a la pregunta inevitable respondió diciendo que Fetasa es un movimiento literario de la década de los 50 que rompe con la literatura social y comprometida de la época, y se centra en lo onírico y lo simbólico. Y añadía que “parece” que es también un movimiento metafísico-religioso, casi una religión sin sacralizar, por más que el componente religioso sea de escasa importancia. Y, ya más explícito, pero más ambiguo, afirmaba que “Fetasa es la condensación de una experiencia vivida”. Por su parte, Juan José Delgado ha recordado asimismo que los fetasianos no propugnaban ningún sistema filosófico, sino que en sus conversaciones pretendían recoger huidizos conceptos, ideas como Dios, Infinito, Eternidad… Y nos avisaba de que más que un dogma o un programa constatable, Fetasa es una creencia susceptible de ser intuida libremente como un mundo dinámico y propio por cada miembro del grupo en el que, junto a los de Arozarena, de Vega y Padrón, habría que sumar los nombres de Antonio Bermejo y Francisco Pimentel. Múltiples han sido, y siguen siendo, las aproximaciones a una definición rotunda de Fetasa, pero, como advertía José Antonio Padrón, con Fetasa y el fetasianismo no se puede estar seguro de nada.

Sin embargo, dejando al margen ambiguas e inciertas certezas, las coordenadas literarias por las que transcurre Fetasa están críticamente establecidas. Simplifiquemos y resumamos: una promoción de escritores vagamente unidos por una actitud espiritual hacia el hecho literario, la dura realidad social del franquismo y la ontología de la isla. En sus obras, estos escritores canarios exploran alegóricamente los límites de la condición humana, su fracasada relación con un mundo incomprensible, las farsas de su frágil identidad, y su solitario y aislado vacío. Detrás de esta radiografía sintética de Fetasa hay todo un complejo entramado de sugerencias e implicaciones que va más allá de lo que pretenden clasificar y entomologar las palabras. Palabras que proponen una aproximación reveladora a una literatura existencial, excéntrica, marginal y extrañada. Una literatura, además, fundacional, que surge sin modelos metropolitanos, europeos y españoles, y creadora e inauguradora de su propia tradición dentro de las letras canarias. Olvidando valores literarios convencionales, los fetasianos han acudido a estados preculturales o inconscientes para abolir las fronteras entre la vida y la muerte, la realidad y la ficción, el espacio y el tiempo, estableciéndose en el mito y describiendo en la mitificación de la isla una vivencia radical de la insularidad.

            Únicos e irrepetibles, Isaac de Vega y Rafael Arozarena se cumplen en su obra, son un género literario en sí mismos. Su magisterio era, y es, aceptado sin vacilaciones. Tanto en lo que se refiere a la valoración de su calidad y originalidad literarias como, sobre todo y muy especialmente, en lo que Isaac y Rafael ponen de manifiesto con su actitud ejemplar ante el hecho literario: una actitud insobornable, sin claudicaciones, ajena a modas y estereotipos, comprometida con la sola coherencia de la obra y con el riesgo de poner en pie un universo radicalmente nuevo para explicar nuestra propia condición, como seres humanos y como isleños.   

 

18/05/06

EL CAFETÍN, DE ISAAC DE VEGA

No descubro nada cuando afirmo que Isaac de Vega está reconocido como uno de lo nombres mayores de la literatura canaria. Poseedor de un universo narrativo difícilmente clasificable y animador del movimiento literario que tiene en el título de una de sus novelas, Fetasa, su denominación, Isaac de Vega sigue ofreciéndonos obras que confirman la coherencia de su escritura al tiempo que ratifican su vitalidad creativa. El cafetín es el título de su nueva novela, que se presenta como un viaje circular a ninguna parte y que tiene en la indagación sobre la propia identidad uno de sus principales motivos generadores.  Nacido en Granadilla, Tenerife, en 1920, Isaac de Vega es un claro ejemplo de independencia y honestidad creadora, de compromiso intelectual asumido por encima de modas y tendencias. Desde sus primeros cuentos publicados en 1950, pasando por la emblemática Fetasa, la novela en la que se cifra y se resume su singular universo narrativo, varias veces reeditada, una serie de títulos novelísticos como Parhelios, Pulsatila, Tassili o Carpanel, junto a otros tantos volúmenes de relatos, configuran la obra de este narrador que indaga sin cesar en las múltiples simas de la existencia a través de una original literatura fuertemente impregnada de ecos simbólicos y oníricos.

            Publicado por la recién creada editorial canaria Altasur, El cafetín, de Isaac de Vega incide en ese ámbito existencial característico del escritor tinerfeño. Un ámbito en el que todo es posible, expresado en un espacio narrativo autosuficiente, que se cumple en sus propias reglas, y donde se formulan inexploradas posibilidades. En esta ocasión, El cafetín puede entenderse como una narración que se inscribe en la tradición de los relatos itinerantes, sólo que aquí, al final, el viaje se revela como un trayecto inmóvil, circular, que concluye donde comenzó. Con la estructura clásica del relato de las experiencias de un protagonista que se va encontrando en su camino a diferentes personajes, Isaac de Vega despliega una serie de episodios en los que esos personajes son representativos de diferentes aspectos de la realidad y el conocimiento: desde la literatura al arte, pasando por la religión o la ciencia. Son seres solitarios y huidizos, marcados por la dificultad de la comunicación. Estas criaturas literarias, como las que pueblan la práctica totalidad de la narrativa del escritor, están marcadas por un desconcierto esencial, por una difusa categoría existencial que surge de la ambigüedad con que se difuminan los límites entre lo vivido y lo imaginado. De ellos se vale Isaac de Vega para mirar hacia el interior de la propia condición en un territorio narrativo en donde el tiempo se dilata extraordinariamente y el espacio suprime sus límites. Con una prosa que incide en subrayar la sensación de ajenidad y extrañamiento que invade toda la novela, Isaac de Vega nos sumerge en una inquietante ensoñación con la que indaga sobre las fuerzas irracionales, secretas o inabarcables que configuran la identidad. También nosotros, como el protagonista en el cafetín que crea, imagina o recuerda Isaac de Vega, nos miramos en el espejo haciendo nuestra la incertidumbre de no saber qué imagen desvelará el cristal

 

27/06/02

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«A Isaac»

Daniel Bernal Suárez

Gestor cultura, escritor y crítico literario

EN BLANCO
FETASA O EL ESPACIO DE LA SUPERVIVENCIA (PARADÓJICA)

     Fetasa comienza mostrándonos a un personaje solitario sentado frente a la inmensidad del mar. Turbado, no recuerda sus últimas horas y se siente extenuado. Solo se nos indica una obligación que ha de cumplir: debe ir hacia un vértice de la costa.

      El primer capítulo de la novela despliega ante el lector ya algunos recursos narrativos que configurarán el orbe entero de Fetasa. El paisaje árido y desolado (también existirán sus contrapartidas en el paisaje urbano de la imaginaria ciudad Miranda y en la pradera del capítulo VI o en el bosque presente en el final de la obra), las descripciones amalgamando el estado del entorno y las oscilaciones psíquicas y anímicas del personaje se repetirán en el transcurso de la novela. Gracias a una analepsis nos enteramos de la suerte de Ramón, personaje principal. Horas antes se ha encontrado, mientras caminaba, con un anciano que habita una gran construcción abarrotada de libros. Este anciano le ha revelado su estado actual: Ramón se encuentra muerto. Desde aquí comprobamos cómo se opera el desgarro inicial de un discurso verosímil en términos de la experiencia cotidiana: Ramón ha traspasado el límite de la muerte y se halla en un espacio y en un tiempo indeterminados.

      Si bien en un principio Ramón apenas recuerda nada, al hablar con el anciano desconocido rememora su convalecencia en el lecho, su lento agonizar y la aparición posterior de las Parcas, a quienes no logra reconocer. La dialéctica del olvido y la memoria acompañará el viaje entero que supone Fetasa: viaje de búsqueda, la acción narrativa se concentrará a través de múltiples transformaciones, involuntarias para Ramón, y su ansia de encontrar sentido a sus insólitas vivencias.

      El extraño fenómeno de haber muerto y, sin embargo, persistir como individuo signa, como decíamos arriba, la primera ruptura del cerco de la realidad cotidiana. Ramón, a pesar de esta circunstancia, padecerá sufrimientos y algunas gratificaciones, las emociones profundas anidarán en su mente y las reflexiones intermitentes no cobrarán menor vigencia que si continuase viviendo. Tenemos aquí una imagen, una experiencia fenoménica concreta de la muerte como suplantación de la vida, solo que caracterizada por el desarrollo de las más fantásticas transfiguraciones.

      La paradoja señalizada en el padecimiento de dolor por parte del muerto, como la asfixia presentida en el navío, halla su más cabal ejemplificación cuando Ramón, siendo esclavizado por ese personaje demoníaco, Juan, dueño de la isla de Intán –espacio en el que se desenvuelve la acción de los capítulos segundo y cuarto–,  y que  representará la sombra amenazante que perseguirá a Ramón periódicamente, desea morir.

      La muerte es el horizonte de finitud del hombre: su advenimiento implica, simultáneamente, la tragedia del término de la existencia y el límite que la mente requiere como frontera de realización. Nuestra identidad y todo el sistema de expectativas que incorpora el conocimiento del mundo se sustentan, en gran medida, en la capacidad de predecir. Son, por tanto, funciones ligadas a la iteración de fenómenos. Solo somos capaces de prefigurar el comportamiento de otros o de los varios fenómenos del universo cuando hemos observado una cierta constancia en los mismos, esto es, cuando hemos identificado sensorialmente una regularidad en los procesos. La primera certeza humana, no por cronología sino por relevancia, es la muerte como cesación de la experiencia vital. Cierto: innumerables cosmovisiones humanas han expresado e imaginado la muerte como revestimiento de una posibilidad de otra realización o, al menos, de un renacimiento espiritual. Pero estas creencias conllevan un conjunto de rituales: a pesar del trauma de la experiencia del término, las nuevas contingencias que rodearían a la existencia tras la muerte aparecen, en las cosmogonías y mitologías respectivas, altamente codificadas. Así, el sujeto perteneciente a las sociedades que profesasen esas creencias, poseía un resquicio de impavidez frente a la muerte: sus códigos culturales posibilitaban vaticinar su andadura más allá de la misma.

      Sin embargo, a este personaje novelesco, Ramón, contemporáneo, se le presenta la muerte no como cesación sino como prolongación. En nada parecerían diferir los estados de vida y muerte, salvando los sucesos extraordinarios. En Fetasa asistimos a una cadena de paradojas, siendo esta la primera: Ramón, ya fallecido, teme la muerte y percibe el dolor. Esta peculiar antinomia no se resolverá, habida cuenta que Fetasa constituye un espacio narrativo donde las paradojas que vertebran el discurso serán la matriz germinativa de la inestabilidad y lo imprevisible del universo fetasiano. Universo opaco y transparente a un tiempo: transparente por la inmediatez con que se presenta a Ramón la progresión de lo insólito; y opaco por cuanto la conciencia del protagonista ha de habérselas con la ineluctable perención de toda capacidad de predicción lógica, erigiendo una visión del mundo donde lo inimaginable acecha de continuo y cualquier evento conocido puede permutar en su contrario o en una ringlera de onerosas mutaciones.

      Tras numerosas vicisitudes, nuestro protagonista se duerme y, al despertar, lo hallamos en su ciudad, entre los vivos. En su nueva situación, Ramón siente miedo de que lo reconozcan como a un muerto. Confiesa sus recelos a un antiguo compañero, a un médico y a un filósofo. Y he aquí que se produce una inversión perceptiva de la normalidad: los vivos observan como un hecho natural la noticia imposible: ello incide en la fractura de lo plausible en el universo de expectativas normales, e instaura un universo regido por leyes ignotas, donde la misma perplejidad del fallecido al comprobar cómo los vivos aceptan semejante quebrantamiento de lo lógico, es compartida por el lector: la introducción del elemento fantástico actúa aquí abriendo una serie de posibilidades narrativas que, mediante el concurso de lo absurdo y lo imprevisible, abocan al sujeto a un replanteamiento de los moldes asumidos de la normalidad, y a percibir la angustia implícita en el subsuelo de la incertidumbre. Nótese que Ramón apenas se inquiere sobre los sucesos fantásticos iniciales –lo insólito es, pues, más o menos aceptado por el personaje–, pero sí le asalta el asombro a partir de su reingreso entre los vivos. Podría explorarse una intensificación gradual de la extrañeza a medida que lo insólito puro de la primera parte de la novela –lo insólito visual, relacionado, por tanto, con la aparición primaria de lo fantástico– se transfigura en lo siniestro absurdo –y, por ende, mental–. Esta intensificación se explicaría como consecuencia del paso de lo terrible y vitando por sí mismo, al de lo familiar que se torna incomprensible y hostil.

      En el último capítulo de la novela, Ramón penetra en una casa donde residen las Parcas, quienes le desvelan el sentido de su singladura. Una de ellas afirma que se equivocó y empleó un hilo doble, de manera que «a cada vuelta que se deshacía, otra nueva se formaba». Ha de reintegrarse, por tanto, al mundo de los vivos, como un vivo más. Ramón se rebela: todo su maravilloso viaje ha sido extraordinario y no quiere volver a ser un hombre más entre los hombres, un ente melancólico y alienado.  Ha sido un superviviente –muy peculiar– , y sabemos que –según Canetti– «el superviviente se yergue como un hombre privilegiado. Que siga con vida mientras otros que muy poco antes estaban con él la han perdido es algo portentoso», pues, a pesar de todo, el «momento de sobrevivir es el momento del poder». Más allá de la incomprensión de sus pasos, su viaje le ha deparado un sentido, quizás frágil y aun deleznable, pero siempre excepcional. Su oposición sirve de poco: sometido a la aberración de un destino errático, el último reducto de seguridad que anidaba en él, esto es, ser un fetasiano, se agrieta y se muestra el esencial absurdo de la existencia: su vida y su muerte como completo error, representación cabal de un delirio.

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Latidos de una vida

Isaac de Vega Gil

Nació en Granadilla de Abona, Tenerife, el 7 de noviembre del año 1920. Hijo de padres maestros, marchan pronto a un nuevo destino escolar. La infancia y sus primeros estudios se desenvuelven inicialmente en Igueste de Anaga, prosigue luego en Santa Cruz y culmina en La Laguna. Ingresa en la Escuela de Magisterio y realiza dos cursos de Ciencias en la Universidad.

Llamado a filas en plena Guerra Civil, en el año 1938, no participa en combate aunque se mantiene durante varios años en diferentes centros militares de las islas. Durante los años castrenses no deja de escribir y, en ese ámbito, se sitúan los comienzos de una época formativa y de vocación literaria. Se siente atraído por escritores de la generación del 98, como Pío Baroja, Azorín o el Unamuno que ve en lo intrahistórico la manifestación de lo inconsciente en el marco verificable de lo histórico. Se licencia en el año 1944 y se incorpora como maestro a diversas escuelas del Archipiélago.

Fotograma del documental «Fetasianos, el laberinto habitado», David Baute (dir. 2006)

Miradas a FETASA

Escritores y escritoras nos acercan con sus textos al Isaac más íntimo y personal a través de sus vivencias con el escritor fetasiano

«Hablando de Isaac de Vega:       Un hombre, un escritor»               

María Teresa de Vega

Escritora, poeta e hija de Isaac de Vega

EN BLANCO
ISAAC DE VEGA: AL HILO DE LO ESCRITO A SU MUERTE

      Escepticismo, soledad, fantasía, el absurdo de la existencia Con estas palabras singulariza Juan Manuel García Ramos, en su artículo “En la muerte de Isaac de Vega”, al escritor fallecido. Y si los fetasianos beben de, o coinciden con la doctrina existencialista, es de rigor que, al menos en lo que respecta a Isaac, este fuera lo que también dice J. M. G. R, hombre con ausencia de vedettismo intelectual. Honradez  integral obliga.

            Esta es una cuestión sumamente interesante que siempre me ha sumido en la perplejidad. Que en el mundo de la cultura y de los intelectuales se dé el “pasteleo” por un lado, y por el otro, como tarea afín, esa sigilosa lid por estar en los más cenáculos literarios posibles, ese refugiarse en las capillitas coronadas, con la subyacente pretensión de premios o aupamientos a la primera fila. A la ausencia de esta excitación arribista en el último fetasiano (el último en desaparecer), se refiere Sabas Martín en su obituario. Y experimento yo perplejidad porque se le supone al intelectual, al andar gozosa y fértilmente en sus tareas mentales y espirituales, más lejos del suelo. Esto no quiere decir que no se luche para ocupar el puesto que le corresponde a cada uno en la orquesta de la literatura.

            Pero los fetasianos, sigue diciendo García Ramos, eran gente discreta. Por eso, pienso, quizás porque no se pusieron como el astuto Ulises el vellón de oveja sobre los hombros –y así el prepotente Polifemo los dejara salir a la luz, desde el interior de la gruta donde nadie los veía, ni sabía que existían- quedaran presos en la caliginosa cueva del cíclope. Por lo menos para las cabezas, entre nosotros, de los surrealistas. Porque Westerdhal y Pérez Minik  los minusvaloraban  -sigo con García Ramos- y acusaban de construir “metafísicas vacías”, “abstracciones baratas”, y Luis Alemany, a coro, “algo de rabiosa tomadura de pelo”. Tal vez les disgustara el “estilo desnudo”, que dice Alonso González Jerez, de Isaac, sin mucha preocupación por este aspecto de su hacer literario, pero si metieron en el mismo saco a Rafael Arozarena, cuya escritura es hermosa, y pienso sobre todo en “Cerveza de grano rojo”, no creo que este fuera el punto atragantado.

            Alfonso González Jerez dice, además, que Isaac de Vega no quería construir un estilo sino un universo. Es decir, según los surrealistas arriba aludidos, una metafísica vacía y barata. Para empezar, yo no creo que quisiera construir una metafísica (con ello no quiero refutar a los que así piensan, es solo una opinión personal), él escribió y salió lo que salió. Tampoco, que le brotara una metafísica, esa palabra contiene demasiada densidad, demasiado sistema, para aplicarla a un escritor que busca, a un salteador de caminos que lleven a algún sitio. En Isaac lo que hay, de otra manera visto, es errancia por senderos solitarios, por mundos que se parecen a los sueños; es soñar otros espacios más fértiles e iluminados, es dar vía libre a los demonios que nos poseen o nos amenazan. Esa metafísica es un mundo interior, poderoso, inquietante, nada sumiso que busca una salida, un modo de vivir en que la realidad no arañe, rompa las promesas que un día nuestra calidad de ser humano imaginó. Un universo, sí, el de Isaac, que escribió lo suficiente como para que ese universo tuviera su espacio, sus planetas orbitando alrededor de un centro desolado que todo ser humano en sus horas amargas conoce. Para que tuviera su tiempo, un tiempo que traspasaba las fronteras de la vida, o lo que es lo mismo, infinito, para seguir errando, sufriendo, admirando la belleza del mundo y de los seres.

            Vuelvo a nuestro mundo prósperamente cainita. A ese mundo torpe, ridículo, porque no hay nada más ridículo que -en un mundo lleno de genialidades, de talento- suponerse con derecho a estar en la cima, con la exclusión de muchos otros a los que hay que cortarles las piernas trepadoras. Sin embargo, nada hay más feliz, más armonioso que esa orquesta -en esta ocasión insular- en que cada uno toca su instrumento y juntos construyen, ahora sí, una sinfonía singular.

            Las actitudes dogmáticas siempre se me han indigestado. Sin embargo, la historia de la literatura está llena de ellas. ¿Son imprescindibles para que lo nuevo, o lo que se opone a un movimiento cultural determinado, se refuerce? No lo creo, un estado de la cuestión nunca es estable, se mueve, y al parecer, por una impenetrable dinámica de los mundos, se mueve hacia su opuesto. Recordemos a Heráclito. Pienso que, una razonable intransigencia con la intransigencia- y no olvidemos que en otros órdenes de la vida esta ha supuesto vida invivible por decreto-, esa tarea pacificadora, sin dejar de ser innovadora, la llevarán a cabo descendientes más evolucionados que nosotros. Porque: “Tristes, tristes nuevas, si no es de amor la cosecha”.

            Por algún tiempo quedará ese gentilicio- como con voz técnica lo denomina Carmelo Rivero-, FETASIANO, aquel que habita la patria metafísica que es Fetasa, y cuyo sustento material para Isaac de Vega y la segunda novela de Rafael Arozarena ya citada, es Anaga. En ese, a veces, misticismo, cuyo mundo invisible es una aspiración a lo que nunca se logra pero se presiente, que por medio de una tarea intelectual se intenta cartografiar, en ese orbe que acaba presentando las mismas lacras que el real, uno puede adentrarse y caminar, caminar por una propuesta narrativa particular, con su paisaje y su paisanaje, como escribe Víctor Álamo de la Rosa, uno puede caminar con lo local, eso que también le reprochaban los surrealistas canarios a los fetasianos, y que nos recuerda García Ramos: la condescendencia con lo local. Sin ver que lo local, en estas narraciones, estaba transfigurado por los númenes del mundo interior.

            ¿Quién reconoce ese lugar llamado Ijuana en el relato que escribe su conjuro? Está poblado por cuanto le dice su imaginación, su gozo particularísimo de aquel paisaje, y lo que este le susurró, como lo hace siempre con quien confía en su voz y quiere aproximarse a su misterio. Cerca, vamos a suponer, de Ijuana, en sus últimos días- de su cantón de Ijuana, ese valle por el que pasaba un aullido sordo, llorando soledad– para su último conjuro, su última fantasmagoría, ante una bifurcación de senderos, se adentra por uno inexplorado. Ni él, ni quien lo acompaña, su amigo, vacilan al tomar la vereda desconocida. Así imagina su regreso, que es a la vez una partida, Cecilia Domínguez Luis en su cuento a su muerte “Regreso a Ijuana”.

CARPANEL Y EL BARRANCO DE SANTOS

Puesto que se me ha dado la oportunidad de hablar de Isaac de Vega, mi padre, voy a dedicarle unas palabras que intentan ser una síntesis de aspectos de su persona y de su literatura.

Isaac, además de esa estampa que lo presenta como hombre solitario en un paisaje agreste, hombre no amansado en una naturaleza desvestida de las galas de lo ameno- no transita el típico locus amoenus de la literatura-,  individuo extravagante con vaqueros y sandalias de goma, esas que llamamos cangrejeras, fue también maestro, después director de colegio, estaba casado y tenía una familia. Y vestía en estas sus tareas y en las obligaciones que exigía su mundo familiar, ropa convencional.

Pero, también, como más o menos nos pasa a todos, tenía dentro de sí ganas de ser otras cosas. Principalmente ser una especie de robinsón- así lo vi yo durante mucho tiempo-, en el aspecto que este personaje de ficción tiene de victoria sobre la necesidad, necesidad que va a ser satisfecha exclusivamente por uno mismo. En el caso de Isaac, de naturaleza espontáneamente austera, sin las coqueterías del inglés.

Pues, mi padre, en Ijuana, que es un lugar real, si bien envuelto en las brumas de su especial surrealismo, valle en el que tenía un extenso terreno compuesto por colindantes trocitos que fue comprando a unos y otros, un lugar de la costa de Anaga, se construyó una habitación pequeña y plantó, entre otros vegetales, papas y cebollas. Y siguió, además, practicando una actividad que siempre le fue grata: pescar. Como vemos, se procuró cobijo y sustento, y allí vivió temporadas. Solo.

Porque muchos humanos gustan de esa soledad. La llevan consigo, igual que las ganas de estar con los otros. Hablemos primero de este último impulso. Mi padre tenía muchos amigos, de su edad o más jóvenes. Con los primeros, siendo niñas, salimos algunas veces las familias: ellos eran vitales, y tenían muchos intereses. Isaac, por ejemplo, recogía hojas. Le interesaron mucho durante mucho tiempo. Tenía un herbario. Pretendía, supongo, conocer todas las plantas de su entorno. También tuvo una colección de minerales, guardadas en sus cajas, que para las niñas eran objetos preciosos. Estas colecciones dicen de él que sabía ser minucioso, revelan un muy civilizado aspecto de su personalidad. Y si lo imaginamos como un cuidadoso agricultor en lo esencial, podemos también imaginarlo como un joyero que amorosamente repasa sus joyas, no por su valor material sino por su rara y arisca belleza. Y, en esas excursiones, Rafael disertaba sobre los colores de la naturaleza, y en una ocasión todos nos pusimos a recolectar babosas y se las llevamos a la madre de José Antonio Padrón, que era muy buena cocinera, para que nos hiciera un guiso. Y esa misma tarde lo comimos, y como agradecimiento, Rafael, activando su vena jocosa, le hizo un poema a la autora del manjar. Sumamente halagüeño y a la vez cómico. Recuerdos del gozoso fluir de los autores fetasianos. También Isaac frecuentaba las regiones donde brilla el gozo de vivir, la gracia como bendición, o la sonrisa.

 

Pero también su gusto por la soledad. Y eso estaba en consonancia con su afición a pescar. Pescador de caña, por el día o por la noche. Solo, sobre el risco, la silueta de Anaga alejándose por el mar, doblando la esquina, para contener otras asperezas y laderas pedregosas. Alguna vez acompañado, pero en silencio todos, sin hablar para no espantar a los peces. Detrás de él, allá arriba, el faro, en otras épocas con su farero igualmente solitario. La larga inmovilidad del pescador tenía un sentido, pescar el pez, aquel peine, o sargo o cazón que luego comíamos. Tenía, digo, un sentido rotundo, y la espera, larga espera a veces, constituía un reto al tiempo que Isaac ganaba, a ese tiempo que destruye, como a todas las demás cosas, pero en este caso de un modo patente, la paciencia. Repito, esa lid mi padre la ganaba.

(Añado que esta afición y esta espera le sirven como metáfora perfecta de la condición humana, sujeta por un extraño e imperativo destino a una caña de pescar, como sucede en el cuento Gehena, y a la situación de la espera. Porque toda la vida es una espera más o menos prolongada, y como le pasa a muchos pescadores, para no pescar nada.)

Y por supuesto, el oficio de escritor es también solitario. Se encerraba en su cuarto a escribir. O se iba a Ijuana o a Igueste. Durante un tiempo tuvo en la casa de La Laguna, en la azotea, una casita de madera para este menester. A mí, entonces niña, me llamaba mucho la atención, me parecía que a mi padre le gustaba ser como un caracol, con su casita a cuestas. Pero no duró muchos años. El viento la fue destrozando hasta que acabó con ella.

¿Sobre qué escribía? Como sabemos, se sentía extraño en este mundo, más cuanto más años cumplía. Anhelaba otro en el que uno pudiese realizar aquello para lo que se creía destinado, aquello que deseaba ser, donde no hubiera esos obstáculos que tuercen el camino o la vida. Tantas cosas sin sentido que pasan y que se han decidido sin nuestro concurso A merced de poderes ininteligibles y, sospechosamente, sin alma.

Sin embargo, amaba la naturaleza. Una tierra a la que hay que cultivar y no dominar. Y amaba a los animales. Siempre, en el campo, tuvo un perro; los gatos del vecindario  venían para que les echara de comer; los perenquenes, intocables, habitaban la casa y se escondían detrás de los cuadros. También, pues, una relación de no dominio con los animales. Decía Milán Kundera que esta relación con los animales, que no representan fuerza alguna, es un idilio. Añado, un idilio en el corazón de un mundo inhóspito.

(En “Cerveza de grano rojo” hay un pasaje, vamos a decir, estremecedor, donde alguien busca a Issatus, por todos sitios sin encontrarlo. Lo atropella un coche. Después nos enteramos que quien lo buscaba afanosamente era el perro de Isaac. De su amor por los perros dan fe las anécdotas contadas por Cándido Hernández y Roberto Cabrera.)

La literatura de Isaac fue una voz de la existencia, pequeñas tierras descubiertas que añadir a la cartografía de la condición humana bajo la rúbrica del existencialismo.

En su obra se ve claramente la oscuridad, la angustia en que se ve sumido el humano cuando los “límites” luchan contra su voluntad de poder, la oprimen, la aplastan. Fuerzas malignas, obstaculizadoras aparecen en Fetasa, como el Juan de las diversas apariencias. Igual ocurre en Cuatro relatos. Miguel se libera al fin de su perseguidor. El protagonista de La Posesión volverá a empezar, él solo, el único hombre en esta tierra de cobardes. Otro Miguel vuelve al hogar, no se ha desprendido, a diferencia de Simbad con su viejo, del enano maligno. En Mari, el tiempo transcurrido en el lugar de la acción no ha servido para un avance real. Como vemos, algunos de estos personajes no logran, al menos durante un trozo de sus vidas, las que nos ofrece el autor, vencer a las fuerzas que quieren anularlos.

De Tassili, otra lograda novela, ya he hablado en otra ocasión. Aquí el protagonista, va más allá, ya no quiere nada. Las fuerzas opositoras han consumado su labor. Su final, a manos de las amazonas invasoras, es amargo, y metáfora de la condición humana, humillada e impotente.

Quiero pasar a otro aspecto de su literatura.

Se dice, e Isaac mismo lo declara, que a los fetasianos los asuntos políticos, sociales, o no les interesaron entonces, o quedaron en un segundo plano. Juan José Delgado en el prólogo a sus obras completas nos dice que Isaac no negará valor a la novela social siempre y cuando esta nazca de una actitud libre, espontánea y ajena a toda imposición. Yo quiero traer aquí una obra que escapa en su casi totalidad a esta afirmación, la del nulo interés,  y que pone de relieve el  conocimiento que del estado de la cuestión social tenía el escritor. Una razón más, dada su visión profundamente pesimista, para considerarse un extraño en este mundo.

La obra que acerco es Carpanel, publicada en 1996, hace ahora 24 años. Por cierto, en esta novela corre un aire que evoca a Antonio Bermejo Barrera. A este respecto, añado que una parte se desarrolla en el barranco de Santos, en las cuevas, donde sabemos que habitó, durante un tiempo, este escritor. Que se me antoja desdoblado en el profesor Barrera Álamo (lleva el mismo apellido, que los enlazaría visiblemente) y en Simón, personajes de esta novela, este último un muchacho afectuoso, manso, que guiaba al profesor citado a las cuevas de ese barranco, y que se convirtió en un ser arisco, declarado enemigo de todos. Ya hombre, se le resiste la escritura, le atormenta y no puede continuar, se dice en el relato. Quizá alusión al abandono de la literatura por Antonio Bermejo.

Volvamos a lo que decía al principio. En primer lugar, como hecho acusador, aparece en la novela un asunto de siempre y de hoy en nuestro país, el maltrato de animales y su abandono por la canalla. Expone el escritor, a través de un personaje, Ezequiel, su dolorosa conciencia de este hecho cuando se tropieza con el perrillo chico dolorido en su infierno de desamparo que va entregando su desolado corazón al corazón de los indiferentes conductores que pasan. Tiempo después, vuelve a pasar y allí está todavía el perrillo, que le dirige una agónica mirada de infinita angustia, de tristeza sin medida, de soledad sin fin. Pero Ezequiel no se detiene y siente que se ha condenado, ha manchado, si es que la tiene, su pequeña y roñosa alma.

Como si se adecuara exactamente al momento en que vivimos, dice el hombre del barranco: Nos hemos mostrado incapaces de formar una asamblea de ciudadanos que tome en sus manos la coordinación (…) de los asuntos públicos. (…) Nada de benévolas donaciones de externas minorías (…) coartadoras y represivas, avariciosas y explotadoras.

Y de nuevo Ezequiel, ese personaje espejo del escritor: Hoy los políticos se han transformado en unas ansiosas chinches que hunden felices sus chupadores en los pobres de siempre, (…) desde los más derechosos hasta el otro extremo. (…) Estado, regiones, municipios, todos hundidos en la misma sinfonía (…) y sin que un natural rubor tinte sus caras.

Palabras, entre otras, que aparecen como conclusión a casos de mal gobierno y latrocinio que se muestran en la novela.

Hasta tenemos lo que sería, en cierta medida, el equivalente al moderno desahucio. A Simón, el Ayuntamiento lo amenaza con el embargo si no paga la contribución de su casa, a él, que es, entonces, absolutamente pobre:

¿Cómo habrán de embargarme mi casa, (…) mía desde mis tatarabuelos? ¿Cómo pueden quitarme la casa donde vivo? (…) Se portan feroces para que los dineros de la comunidad sean los dineros suyos. Cualquier atentado u oposición contra el cobro, es una estafa que se hace al pueblo, dicen. Pero temen la amenaza a la estabilidad de sus comedores, esos pesebres de lujo que están al fondo del asunto. Esas buenas gambas al atardecer que se han hecho costumbre de todos los días, y el aperitivo a las dos, después de un paseo saludable…

Poco después, cuando pasó al lado de una furgoneta del Ayuntamiento, escupió hacia ella y atinó exactamente sobre la palabra, pintada primorosamente en negro, Excmo.

Se señalan otros casos, viajes de alcaldes y concejales con sus esposas e hijos: los viajes de hermandad, a cargo del erario público, y que, ya que están de viaje, se dicen, inconscientes e irresponsables: podemos pasar por Palestina, a ver cómo va la agricultura del aguacate. Señala estas frivolidades Isaac, dichas de modo tan tranquilo por los munícipes u otros de igual desalmado tenor, y cuyo equivalente en gasto repercutirá en el jornal de un montón de familias que trabajan como negros. En contraposición, se cuentan las desproporcionadas y terribles consecuencias de un robo de batatas por un desgraciado… Claro, me digo, es que si todos nos ponemos a robar, adónde irá a parar la cosa. Hay que ser duros.

En el mundo que se retrata en esta novela, de miseria y marginación, todos los casos que el escritor refiere indican una sociedad en la que alienta un ansia sin fin depredadora, un egoísmo sin medida, una falta de conciencia moral alguna; y por otro lado, también, unos individuos que consienten, que incluso animan, que envidian y que hacen daño a su semejante, tan miserable como ellos mismo. Un retrato perfecto.

Pues, como decía al principio, Isaac de Vega era conocedor de lo que ocurría, ya entonces, eso que muchos de entre nosotros vimos más tarde, a lo que abrimos los ojos cuando apretó la insuficiencia. De bienestar, de dignidad.

Nos encontramos, al final de la novela, así lo veo yo, con que no hay más solución que convertirse en un “alien” de sí mismo en una tierra libre de estas escenas que colman el corazón de desconsuelo, lejos de este mundo donde, además de la orfandad existencial, vive la oscura fatalidad que somos y de la que somos conscientes, solo la claridad de un fogonazo que nos hiere para percibir que Todo es para Nada.

Ahora, el hombre Isaac es un muerto más que, como los del cuento Isagoge, reposa en el silencio o duerme en el murmullo del viento que pasa…

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«A Isaac de Vega que retornó el 3 de febrero de 2014″

Cecilia Domínguez Luis

Escritora y poeta | Premio Canarias de Literatura 2015

EN BLANCO
RETORNO A IJUANA

El día amaneció de un azul incierto. Isaac abre la puerta de su cueva y mira el mar cercano que golpea los escollos sobre los que sobrevuelan algunas gaviotas. Las barcas de los pescadores se van acercando al muelle que les espera en una lejanía alcanzable, pero que apenas deja oír el ruido de los pequeños motores.

Baja la vista. El barranco de Ijuana se ofrece como un desafío. Por el angosto sendero que conduce a su cueva, bordeando el acantilado, un perro se acerca; mira la figura erguida frente al horizonte marino y mueve la cola como si se alegrara del encuentro. Isaac le devuelve una mirada de reconocimiento, se agacha y le da unas palmadas en el lomo. Luego vuelve a perderse en la contemplación del océano. Sólo quiere sentir la brisa, el color cambiante del mar, su olor, su sonido al chocar contra las rocas, sin desear ni esperar nada, mientras el tiempo transcurre más allá de sus ojos.

Sabe que a su espalda crecen cardones y tabaibas en descenso hacia el cauce del barranco y, frente a su cueva, la insólita buganvilla que contempla con una mezcla de complacencia y orgullo.

El azul del cielo parece reafirmarse y de pronto le asalta el recuerdo de una hoguera.

Mira de nuevo el sendero. Alguien se acerca. Reconoce a su amigo. Trae algo en las manos. Se detiene frente a él.

-Toma, aquí está tu pulsatila- le dice –Vamos.

No le pregunta cómo consiguió esa flor de pétalos violetas y pilosas hojas – aún no era el tiempo de su florescencia- Ni siquiera responde a su peculiar saludo. Se limita a mirarlo y sonreír.

Se ponen en marcha. El perro los sigue. A ratos mueve la cola y parece olfatear algo distinto en el aire. Tal vez sea el olor desacostumbrado e intenso del mar, o el miedo de algún conejo que los vigila, escondido entre los matorrales del barranco.

Sí, debe de ser eso porque el perro se lanza a la persecución, ladera abajo, y lo pierden de vista.

Isaac no lo espera. «Ya me encontrará. Siempre lo hace», piensa.

Los dos continúan en silencio. Isaac piensa en las siemprevivas, en los dioses lejanos en el amigo que camina a su lado.

Cuando regresen, harán una pequeña hoguera y se sentarán frente a la cueva, en el mismo gran silencio que los une, para contemplar una luna menguante rielando sobre el profundo mar.

Llegan a una taberna. Entran. Saborean el vino recio de la tierra. Su amigo rompe la mudez para hablarle de Juan Bay. Isaac lo mira y siente que se acrecienta su complicidad con las cosas, con el paisaje, con él mismo.

Es hora de continuar. Ninguno pregunta cuando ven que el camino se bifurca en una vereda desconocida. La toman.

Un sol crepuscular ilumina Igueste.

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«Artículos de prensa»

Sabas Martín

Poeta, narrador, dramaturgo, ensayista, crítico y periodista

EN BLANCO
FETASIANOS

Isaac de Vega y Rafael Arozarena constituyen Fetasa por antonomasia. ¿Y qué es Fetasa? Quizás sólo desde dentro o desde sus inmediaciones se pueda entender, sentir, interpretar plenamente lo que se encierra tras tan enigmático nombre que bautizó en 1957 una de las novelas imprescindibles de nuestra memoria literaria insular. José Antonio Padrón, fetasiano él mismo, a la pregunta inevitable respondió diciendo que Fetasa es un movimiento literario de la década de los 50 que rompe con la literatura social y comprometida de la época, y se centra en lo onírico y lo simbólico. Y añadía que “parece” que es también un movimiento metafísico-religioso, casi una religión sin sacralizar, por más que el componente religioso sea de escasa importancia. Y, ya más explícito, pero más ambiguo, afirmaba que “Fetasa es la condensación de una experiencia vivida”. Por su parte, Juan José Delgado ha recordado asimismo que los fetasianos no propugnaban ningún sistema filosófico, sino que en sus conversaciones pretendían recoger huidizos conceptos, ideas como Dios, Infinito, Eternidad… Y nos avisaba de que más que un dogma o un programa constatable, Fetasa es una creencia susceptible de ser intuida libremente como un mundo dinámico y propio por cada miembro del grupo en el que, junto a los de Arozarena, de Vega y Padrón, habría que sumar los nombres de Antonio Bermejo y Francisco Pimentel. Múltiples han sido, y siguen siendo, las aproximaciones a una definición rotunda de Fetasa, pero, como advertía José Antonio Padrón, con Fetasa y el fetasianismo no se puede estar seguro de nada.

Sin embargo, dejando al margen ambiguas e inciertas certezas, las coordenadas literarias por las que transcurre Fetasa están críticamente establecidas. Simplifiquemos y resumamos: una promoción de escritores vagamente unidos por una actitud espiritual hacia el hecho literario, la dura realidad social del franquismo y la ontología de la isla. En sus obras, estos escritores canarios exploran alegóricamente los límites de la condición humana, su fracasada relación con un mundo incomprensible, las farsas de su frágil identidad, y su solitario y aislado vacío. Detrás de esta radiografía sintética de Fetasa hay todo un complejo entramado de sugerencias e implicaciones que va más allá de lo que pretenden clasificar y entomologar las palabras. Palabras que proponen una aproximación reveladora a una literatura existencial, excéntrica, marginal y extrañada. Una literatura, además, fundacional, que surge sin modelos metropolitanos, europeos y españoles, y creadora e inauguradora de su propia tradición dentro de las letras canarias. Olvidando valores literarios convencionales, los fetasianos han acudido a estados preculturales o inconscientes para abolir las fronteras entre la vida y la muerte, la realidad y la ficción, el espacio y el tiempo, estableciéndose en el mito y describiendo en la mitificación de la isla una vivencia radical de la insularidad.

            Únicos e irrepetibles, Isaac de Vega y Rafael Arozarena se cumplen en su obra, son un género literario en sí mismos. Su magisterio era, y es, aceptado sin vacilaciones. Tanto en lo que se refiere a la valoración de su calidad y originalidad literarias como, sobre todo y muy especialmente, en lo que Isaac y Rafael ponen de manifiesto con su actitud ejemplar ante el hecho literario: una actitud insobornable, sin claudicaciones, ajena a modas y estereotipos, comprometida con la sola coherencia de la obra y con el riesgo de poner en pie un universo radicalmente nuevo para explicar nuestra propia condición, como seres humanos y como isleños.   

 

18/05/06

EL CAFETÍN, DE ISAAC DE VEGA

No descubro nada cuando afirmo que Isaac de Vega está reconocido como uno de lo nombres mayores de la literatura canaria. Poseedor de un universo narrativo difícilmente clasificable y animador del movimiento literario que tiene en el título de una de sus novelas, Fetasa, su denominación, Isaac de Vega sigue ofreciéndonos obras que confirman la coherencia de su escritura al tiempo que ratifican su vitalidad creativa. El cafetín es el título de su nueva novela, que se presenta como un viaje circular a ninguna parte y que tiene en la indagación sobre la propia identidad uno de sus principales motivos generadores.  Nacido en Granadilla, Tenerife, en 1920, Isaac de Vega es un claro ejemplo de independencia y honestidad creadora, de compromiso intelectual asumido por encima de modas y tendencias. Desde sus primeros cuentos publicados en 1950, pasando por la emblemática Fetasa, la novela en la que se cifra y se resume su singular universo narrativo, varias veces reeditada, una serie de títulos novelísticos como Parhelios, Pulsatila, Tassili o Carpanel, junto a otros tantos volúmenes de relatos, configuran la obra de este narrador que indaga sin cesar en las múltiples simas de la existencia a través de una original literatura fuertemente impregnada de ecos simbólicos y oníricos.

            Publicado por la recién creada editorial canaria Altasur, El cafetín, de Isaac de Vega incide en ese ámbito existencial característico del escritor tinerfeño. Un ámbito en el que todo es posible, expresado en un espacio narrativo autosuficiente, que se cumple en sus propias reglas, y donde se formulan inexploradas posibilidades. En esta ocasión, El cafetín puede entenderse como una narración que se inscribe en la tradición de los relatos itinerantes, sólo que aquí, al final, el viaje se revela como un trayecto inmóvil, circular, que concluye donde comenzó. Con la estructura clásica del relato de las experiencias de un protagonista que se va encontrando en su camino a diferentes personajes, Isaac de Vega despliega una serie de episodios en los que esos personajes son representativos de diferentes aspectos de la realidad y el conocimiento: desde la literatura al arte, pasando por la religión o la ciencia. Son seres solitarios y huidizos, marcados por la dificultad de la comunicación. Estas criaturas literarias, como las que pueblan la práctica totalidad de la narrativa del escritor, están marcadas por un desconcierto esencial, por una difusa categoría existencial que surge de la ambigüedad con que se difuminan los límites entre lo vivido y lo imaginado. De ellos se vale Isaac de Vega para mirar hacia el interior de la propia condición en un territorio narrativo en donde el tiempo se dilata extraordinariamente y el espacio suprime sus límites. Con una prosa que incide en subrayar la sensación de ajenidad y extrañamiento que invade toda la novela, Isaac de Vega nos sumerge en una inquietante ensoñación con la que indaga sobre las fuerzas irracionales, secretas o inabarcables que configuran la identidad. También nosotros, como el protagonista en el cafetín que crea, imagina o recuerda Isaac de Vega, nos miramos en el espejo haciendo nuestra la incertidumbre de no saber qué imagen desvelará el cristal

 

27/06/02

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«A Isaac»

Daniel Bernal Suárez

Gestor cultura, escritor y crítico literario

EN BLANCO
FETASA O EL ESPACIO DE LA SUPERVIVENCIA (PARADÓJICA)

     Fetasa comienza mostrándonos a un personaje solitario sentado frente a la inmensidad del mar. Turbado, no recuerda sus últimas horas y se siente extenuado. Solo se nos indica una obligación que ha de cumplir: debe ir hacia un vértice de la costa.

      El primer capítulo de la novela despliega ante el lector ya algunos recursos narrativos que configurarán el orbe entero de Fetasa. El paisaje árido y desolado (también existirán sus contrapartidas en el paisaje urbano de la imaginaria ciudad Miranda y en la pradera del capítulo VI o en el bosque presente en el final de la obra), las descripciones amalgamando el estado del entorno y las oscilaciones psíquicas y anímicas del personaje se repetirán en el transcurso de la novela. Gracias a una analepsis nos enteramos de la suerte de Ramón, personaje principal. Horas antes se ha encontrado, mientras caminaba, con un anciano que habita una gran construcción abarrotada de libros. Este anciano le ha revelado su estado actual: Ramón se encuentra muerto. Desde aquí comprobamos cómo se opera el desgarro inicial de un discurso verosímil en términos de la experiencia cotidiana: Ramón ha traspasado el límite de la muerte y se halla en un espacio y en un tiempo indeterminados.

      Si bien en un principio Ramón apenas recuerda nada, al hablar con el anciano desconocido rememora su convalecencia en el lecho, su lento agonizar y la aparición posterior de las Parcas, a quienes no logra reconocer. La dialéctica del olvido y la memoria acompañará el viaje entero que supone Fetasa: viaje de búsqueda, la acción narrativa se concentrará a través de múltiples transformaciones, involuntarias para Ramón, y su ansia de encontrar sentido a sus insólitas vivencias.

      El extraño fenómeno de haber muerto y, sin embargo, persistir como individuo signa, como decíamos arriba, la primera ruptura del cerco de la realidad cotidiana. Ramón, a pesar de esta circunstancia, padecerá sufrimientos y algunas gratificaciones, las emociones profundas anidarán en su mente y las reflexiones intermitentes no cobrarán menor vigencia que si continuase viviendo. Tenemos aquí una imagen, una experiencia fenoménica concreta de la muerte como suplantación de la vida, solo que caracterizada por el desarrollo de las más fantásticas transfiguraciones.

      La paradoja señalizada en el padecimiento de dolor por parte del muerto, como la asfixia presentida en el navío, halla su más cabal ejemplificación cuando Ramón, siendo esclavizado por ese personaje demoníaco, Juan, dueño de la isla de Intán –espacio en el que se desenvuelve la acción de los capítulos segundo y cuarto–,  y que  representará la sombra amenazante que perseguirá a Ramón periódicamente, desea morir.

      La muerte es el horizonte de finitud del hombre: su advenimiento implica, simultáneamente, la tragedia del término de la existencia y el límite que la mente requiere como frontera de realización. Nuestra identidad y todo el sistema de expectativas que incorpora el conocimiento del mundo se sustentan, en gran medida, en la capacidad de predecir. Son, por tanto, funciones ligadas a la iteración de fenómenos. Solo somos capaces de prefigurar el comportamiento de otros o de los varios fenómenos del universo cuando hemos observado una cierta constancia en los mismos, esto es, cuando hemos identificado sensorialmente una regularidad en los procesos. La primera certeza humana, no por cronología sino por relevancia, es la muerte como cesación de la experiencia vital. Cierto: innumerables cosmovisiones humanas han expresado e imaginado la muerte como revestimiento de una posibilidad de otra realización o, al menos, de un renacimiento espiritual. Pero estas creencias conllevan un conjunto de rituales: a pesar del trauma de la experiencia del término, las nuevas contingencias que rodearían a la existencia tras la muerte aparecen, en las cosmogonías y mitologías respectivas, altamente codificadas. Así, el sujeto perteneciente a las sociedades que profesasen esas creencias, poseía un resquicio de impavidez frente a la muerte: sus códigos culturales posibilitaban vaticinar su andadura más allá de la misma.

      Sin embargo, a este personaje novelesco, Ramón, contemporáneo, se le presenta la muerte no como cesación sino como prolongación. En nada parecerían diferir los estados de vida y muerte, salvando los sucesos extraordinarios. En Fetasa asistimos a una cadena de paradojas, siendo esta la primera: Ramón, ya fallecido, teme la muerte y percibe el dolor. Esta peculiar antinomia no se resolverá, habida cuenta que Fetasa constituye un espacio narrativo donde las paradojas que vertebran el discurso serán la matriz germinativa de la inestabilidad y lo imprevisible del universo fetasiano. Universo opaco y transparente a un tiempo: transparente por la inmediatez con que se presenta a Ramón la progresión de lo insólito; y opaco por cuanto la conciencia del protagonista ha de habérselas con la ineluctable perención de toda capacidad de predicción lógica, erigiendo una visión del mundo donde lo inimaginable acecha de continuo y cualquier evento conocido puede permutar en su contrario o en una ringlera de onerosas mutaciones.

      Tras numerosas vicisitudes, nuestro protagonista se duerme y, al despertar, lo hallamos en su ciudad, entre los vivos. En su nueva situación, Ramón siente miedo de que lo reconozcan como a un muerto. Confiesa sus recelos a un antiguo compañero, a un médico y a un filósofo. Y he aquí que se produce una inversión perceptiva de la normalidad: los vivos observan como un hecho natural la noticia imposible: ello incide en la fractura de lo plausible en el universo de expectativas normales, e instaura un universo regido por leyes ignotas, donde la misma perplejidad del fallecido al comprobar cómo los vivos aceptan semejante quebrantamiento de lo lógico, es compartida por el lector: la introducción del elemento fantástico actúa aquí abriendo una serie de posibilidades narrativas que, mediante el concurso de lo absurdo y lo imprevisible, abocan al sujeto a un replanteamiento de los moldes asumidos de la normalidad, y a percibir la angustia implícita en el subsuelo de la incertidumbre. Nótese que Ramón apenas se inquiere sobre los sucesos fantásticos iniciales –lo insólito es, pues, más o menos aceptado por el personaje–, pero sí le asalta el asombro a partir de su reingreso entre los vivos. Podría explorarse una intensificación gradual de la extrañeza a medida que lo insólito puro de la primera parte de la novela –lo insólito visual, relacionado, por tanto, con la aparición primaria de lo fantástico– se transfigura en lo siniestro absurdo –y, por ende, mental–. Esta intensificación se explicaría como consecuencia del paso de lo terrible y vitando por sí mismo, al de lo familiar que se torna incomprensible y hostil.

      En el último capítulo de la novela, Ramón penetra en una casa donde residen las Parcas, quienes le desvelan el sentido de su singladura. Una de ellas afirma que se equivocó y empleó un hilo doble, de manera que «a cada vuelta que se deshacía, otra nueva se formaba». Ha de reintegrarse, por tanto, al mundo de los vivos, como un vivo más. Ramón se rebela: todo su maravilloso viaje ha sido extraordinario y no quiere volver a ser un hombre más entre los hombres, un ente melancólico y alienado.  Ha sido un superviviente –muy peculiar– , y sabemos que –según Canetti– «el superviviente se yergue como un hombre privilegiado. Que siga con vida mientras otros que muy poco antes estaban con él la han perdido es algo portentoso», pues, a pesar de todo, el «momento de sobrevivir es el momento del poder». Más allá de la incomprensión de sus pasos, su viaje le ha deparado un sentido, quizás frágil y aun deleznable, pero siempre excepcional. Su oposición sirve de poco: sometido a la aberración de un destino errático, el último reducto de seguridad que anidaba en él, esto es, ser un fetasiano, se agrieta y se muestra el esencial absurdo de la existencia: su vida y su muerte como completo error, representación cabal de un delirio.

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Cien años del nacimiento del Premio Canarias de Literatura

 

 

 

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